En un país donde la crisis ambiental avanza al ritmo del desmonte, la contaminación y la pérdida silenciosa de especies, hay lugares que resisten sin hacer ruido. No son reservas naturales ni santuarios turísticos: son cuartos cerrados con llave, estanterías de madera, frascos etiquetados con precisión casi artesanal. En uno de esos cuartos, a pocos metros de la orilla de la Setúbal, late desde hace tres décadas un tesoro que la Argentina apenas mira: la colección de serpientes del Instituto Nacional de Limnología de Santa Fe (INALI).


































