Lo digo ahora porque, de verdad, no necesito el resultado del domingo. Si Argentina es nuevamente campeón del mundo, no habrá nada que lo pueda rebatir. Pero si Argentina pierde la final, para los resultadistas, será lo mismo que entre el 86 y el 90 consiguió aquella selección de Bilardo. Por eso lo digo ahora, antes de saber cómo nos irá el domingo ni tampoco condicionado por la ebullición de este manojo de emociones que nos despierta este equipo, siempre transitando por los límites pero enorgulleciendo a más de 47 millones de argentinos. Porque esta selección –por Messi- ya ha dejado de pertenecernos a los argentinos. Pertenece al mundo casi entero (la gran mayoría que aman al 10 y la minoría que lo detesta porque lo sufre).


































