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Pensar con inteligencia artificial, sin renunciar a la responsabilidad de habitar

Cada época construye sus herramientas, pero son ellas, con el tiempo, las que terminan reformulando aquello que creemos que somos capaces de pensar.

Pensar con inteligencia artificial, sin renunciar a la responsabilidad de habitar

Pensar con inteligencia artificial, sin renunciar a la responsabilidad de habitar

Martes 28.4.2026
 9:25hs
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Rodrigo Agostini
Por: 
Rodrigo Agostini

Hay momentos en los que la arquitectura -como disciplina, como práctica y como forma de pensamiento- se ve obligada a pararse sobre una roca, no necesariamente porque algo externo la interrumpa, sino porque aquello que parecía estable comienza, casi imperceptiblemente, a desplazarse desde su interior.

La inteligencia artificial se inscribe en ese umbral, no como una herramienta que simplemente amplía las capacidades existentes -como lo fueron en su momento la perspectiva, el cálculo estructural o los sistemas de representación digital- sino como una condición que altera la relación entre pensamiento y producción, entre idea y forma, entre tiempo y decisión.

Introduciendo una tensión inédita que obliga a replantear, con mayor rigor que nunca, qué significa proyectar en un contexto donde la generación de alternativas ya no depende exclusivamente del esfuerzo humano, sino que puede ser delegada -al menos en parte- a sistemas capaces de producir, en cuestión de segundos, una cantidad de opciones que antes requerían semanas de trabajo.

Si se recuperan algunas de las intuiciones que aparecen en la conversación con Bjarke Ingels (*), no para adoptarlas sin más sino para someterlas a una lectura crítica desde una práctica situada, emerge una idea que, lejos de simplificar el problema, lo complejiza: la inteligencia artificial no sustituye al arquitecto, pero redefine el campo dentro del cual el arquitecto toma decisiones.

Y esa redefinición no debe entenderse como una ampliación neutra, sino como una transformación que desplaza el eje de la disciplina desde la capacidad de producir soluciones hacia la capacidad de discernir entre múltiples soluciones posibles, lo cual introduce una exigencia mayor en términos de criterio, de responsabilidad y, en última instancia, de sentido.

Porque si todo puede ser generado, si toda forma puede ser anticipada, si toda variable puede ser simulada con un grado de precisión creciente, entonces la pregunta deja de ser cómo resolver un problema -pregunta que, durante buena parte de la modernidad, estructuró el pensamiento proyectual- para convertirse en algo más complejo y más incómodo:

¿Por qué elegir una opción y no otra? ¿bajo qué marco conceptual, en función de qué valores y con qué consecuencias para quienes habitarán aquello que se proyecta? Lo cual implica reconocer que el núcleo irreductible de la arquitectura no reside en la forma, ni siquiera en la técnica, sino en la decisión. Y decidir, en arquitectura, nunca fue un acto inocente.

Implica descartar; implica priorizar; implica asumir que cada elección deja otras afuera y que esa exclusión tiene efectos concretos, materiales y simbólicos, en la vida de las personas, razón por la cual la inteligencia artificial, lejos de simplificar la tarea del arquitecto, la vuelve más exigente, en tanto amplía el campo de lo posible pero no resuelve -ni puede resolver- la dimensión ética de la elección.

La intención y el resultado

En este sentido, la proliferación de imágenes, simulaciones y alternativas que la inteligencia artificial pone a disposición introduce un riesgo que no es menor: el de confundir cantidad con profundidad; velocidad con comprensión; generación con pensamiento.

Lo cual puede derivar en una práctica superficial donde el proyecto se reduce a una acumulación de variantes sin un criterio que las ordene, perdiendo así aquello que históricamente ha dado sentido a la arquitectura como disciplina: su capacidad de construir respuestas situadas.

Es decir, respuestas que no solo resuelven un problema técnico, sino que interpretan un contexto, dialogan con una cultura y se inscriben en una historia. Este desplazamiento se hace particularmente evidente en el modo en que la arquitectura comienza a comunicarse,

Si durante siglos el dibujo -en sus múltiples formatos- constituyó el medio privilegiado para pensar y representar el proyecto, hoy asistimos a la emergencia de una lógica conversacional donde el arquitecto ya no se limita a producir representaciones, sino que interactúa con sistemas capaces de devolver, en tiempo real, versiones posibles de aquello que apenas está siendo formulado.

Y esto introduce una mediación inédita entre la intención y el resultado; mediación que no es neutra, porque condiciona, orienta y, en algunos casos, incluso anticipa decisiones que antes requerían un proceso más lento y, por lo tanto, más reflexivo.

El arquitecto no abandona el acto de proyectar ni se reduce a un mero operador de herramientas; su rol se desplaza hacia una posición más exigente, donde la interpretación se vuelve central.

La proliferación de imágenes, simulaciones y alternativas que la inteligencia artificial pone a disposición introduce un riesgo que no es menor: el de confundir cantidad con profundidad; velocidad con comprensión; generación con pensamiento.

Se trata de alguien capaz de navegar un mar de posibilidades sin perder de vista aquello que otorga sentido al proyecto, evitando quedar atrapado en la fascinación por la imagen inmediata y sosteniendo, en cambio, una mirada crítica que le permita discernir entre lo pertinente y lo meramente posible.

Este punto resulta central, porque la inteligencia artificial, en su capacidad para producir resultados de manera casi instantánea, puede generar la ilusión de que el proceso proyectual ha sido resuelto, cuando en realidad lo que ha ocurrido es una aceleración de una de sus etapas -la generación de alternativas- sin que necesariamente se haya avanzado en la comprensión del problema.

Esto último exige, por parte del arquitecto, una actitud deliberadamente reflexiva, capaz de introducir pausas en un contexto que tiende a eliminarlas. Desde la práctica profesional, esta transformación se traduce en una reconfiguración de las dinámicas de trabajo:

Los estudios de arquitectura -y aquí la experiencia concreta de gestión no es menor- comienzan a operar como sistemas más flexibles, capaces de integrar herramientas de inteligencia artificial para optimizar tiempos de producción, mejorar la comunicación con el cliente y explorar múltiples escenarios de diseño en etapas tempranas del proyecto.

Este contexto puede derivar en una mayor eficiencia, pero también en una presión creciente sobre quienes deben tomar decisiones, en tanto la disponibilidad de información y de alternativas reduce los márgenes de incertidumbre técnica, pero no elimina la necesidad de asumir una posición. Así, la oficina contemporánea se acerca cada vez más a la lógica de un laboratorio.

No en el sentido de convertirse en un espacio desligado de la realidad, sino como un ámbito donde se ensayan hipótesis, se contrastan variables y se construyen decisiones a partir de un conjunto complejo de información, lo cual implica reconocer que el proyecto arquitectónico deja de ser un proceso lineal para convertirse en una red de relaciones donde distintas capas -técnicas, económicas, ambientales, culturales- se superponen y se influyen mutuamente.

Sin embargo, esta complejidad creciente no debe ser entendida como una pérdida de control, sino como una oportunidad para profundizar el pensamiento proyectual, en la medida en que la inteligencia artificial, al asumir tareas repetitivas o de baja carga conceptual, puede liberar tiempo para aquello que verdaderamente define la disciplina: la construcción de sentido, la reflexión crítica, la articulación entre forma y vida.

Construcción de criterio

Pero esta potencialidad no se realiza de manera automática. Requiere una decisión. Y es precisamente en este punto en donde la formación académica adquiere un rol determinante, porque enseñar arquitectura en el contexto actual no puede limitarse a la transmisión de herramientas -que, como toda tecnología, serán inevitablemente superadas- sino que debe centrarse ante todo en la construcción de criterio.

Entendiendo por criterio no una preferencia subjetiva, sino la capacidad de fundamentar decisiones, de evaluar alternativas y de sostener una posición frente a la complejidad del mundo.

Formar criterio implica, entre otras cosas, enseñar a resistir la inmediatez, a desconfiar de la solución rápida, a reconocer que no toda respuesta es válida por el simple hecho de estar disponible, lo cual supone un cambio profundo en la lógica pedagógica, en tanto el énfasis deja de estar en la producción de resultados para situarse en la construcción de procesos reflexivos capaces de sostener esos resultados.

Este desplazamiento del que hablamos introduce, además, una dimensión ética que no puede ser soslayada, porque la inteligencia artificial no es una herramienta neutral.

Está construida a partir de datos, de selecciones, de criterios que responden a determinados contextos y que, por lo tanto, reproducen -de manera más o menos explícita- ciertas visiones del mundo, lo cual plantea interrogantes relevantes respecto a la homogenización de la producción arquitectónica, la invisibilización de determinadas culturas o la reproducción de sesgos que, si no son reconocidos, pueden consolidarse en la práctica profesional.

La tarea del arquitecto no consiste únicamente en utilizar la herramienta, sino en comprenderla, en interrogarla, en situarla dentro de un marco crítico que permita hacer visible aquello que la herramienta tiende a ocultar, porque solo a partir de esa comprensión es posible ejercer un control consciente sobre el proceso proyectual.

La historia de la arquitectura muestra que cada avance tecnológico ha sido acompañado por discursos que anunciaban la obsolescencia del arquitecto, desde la mecanización de la construcción hasta la digitalización del dibujo, y sin embargo, en todos los casos, lo que finalmente ocurrió fue una reconfiguración del rol profesional, que debió adaptarse a nuevas condiciones sin perder aquello que define su especificidad.

La inteligencia artificial, en este sentido, no constituye una excepción, pero sí introduce una diferencia significativa: interviene no solo en los medios de producción o representación, sino en el proceso mismo de generación de ideas, lo cual exige una mayor vigilancia crítica para evitar que la herramienta termine condicionando, de manera inadvertida, el pensamiento.

En última instancia, lo que está en juego no es la supervivencia de la profesión, sino la calidad de las decisiones que se toman en un contexto donde proyectar será cada vez más accesible desde el punto de vista técnico, lo cual desplaza el valor hacia la capacidad de construir sentido, de sostener una mirada y de asumir la responsabilidad que implica intervenir en el espacio donde otros habitan.

Porque si la inteligencia artificial amplía nuestras posibilidades, también amplía nuestras obligaciones. Y es en ese punto -donde la herramienta deja de ser un fin en sí misma para convertirse en un medio que exige ser orientado- donde la arquitectura se ve obligada a recordar algo que, quizás, nunca debió haber olvidado: proyectar no es simplemente producir formas, sino asumir, con todas sus consecuencias, la responsabilidad de dar forma a la vida.

Como sintetiza con claridad Norman Foster (**): "Como arquitectos, debemos abrazar la innovación, pero nunca olvidar que nuestra responsabilidad última es con las personas y los lugares que diseñamos".

(*) Bjarke Ingels, es un influyente arquitecto danés nacido en 1974, fundador de BIG: Bjarke Ingels Group. Es conocido por fusionar utopía y pragmatismo. Con sede en Copenhague, Nueva York y Londres, su firma es famosa por diseños innovadores, sostenibles y vanguardistas, como el Museo Marítimo Danés y el VIA 57 West, desafiando las convenciones tradicionales de la arquitectura.

(**) Norman Robert Foster, nacido en 1935, es un reconocido arquitecto, dirigente político, diseñador y actor de cine británico que fue galardonado con el premio Pritzker en 1999 y el Premio Príncipe de Asturias de las Artes en 2009. En el ámbito de la política se destaca su actuación como miembro de la Cámara de los Lores entre 1999 y 2010.

Es el presidente de la Norman Foster Foundation, institución que fomenta el pensamiento y la investigación interdisciplinar para ayudar a las nuevas generaciones de arquitectos, diseñadores y urbanistas a anticiparse al futuro. Se inauguró el 1 de junio de 2017, tiene su sede en Madrid y realiza proyectos a nivel global.

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