Sobre 1950 ya estaba impreso el "disco" en dura pasta y se oía en las radioemisoras argentinas, que no eran muchas. Fue escrita en la década de los 40 y no la querían editar las empresas discográficas, que tampoco eran muchas (eran dos, acaso tres). Allí están los dos octosílabos que constituyen la más formidable canción de protesta que se escribiese en Argentina: "Las penas son de nosotros/ las vaquitas son ajenas". Firmada con el seudónimo que lo acompañó durante toda su vida, Atahualpa Yupanqui decía que se la escuchó a un arriero (Don Anto) que en su mínimo lenguaje de hombre solitario y poco versado hablaba de antiguas penas que iba penando y llevando ("Ajenas culpas pagando y ajenas vacas arreando").



































