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Un hombre, un cigarrillo, una mesa de billar

El billar en Santa Fe fue más que un juego: un símbolo de cultura masculina donde jóvenes aprendían de maestros, en un ambiente exclusivo y desafiante.

Un hombre, un cigarrillo, una mesa de billarUn hombre, un cigarrillo, una mesa de billar

Jueves 18.6.2026
 20:31hs
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Rogelio Alaniz
Por: 
Rogelio Alaniz

I

Algunas consideraciones para entenderme y para que me entiendan. En los tiempos de mi adolescencia, allá por los años sesenta, el ingreso de un joven al mundo masculino exigía dos requisitos: fumar y jugar al billar. No sé cómo funcionaban entonces esas exigencias, pero de lo que estoy seguro es que funcionaban.

Podemos discurrir sobre la calidad de esa exigencia, podemos escribir un tratado acerca de los prejuicios que nos dominaban e incluso impugnar todo un modelo de "educación sentimental" masculina, pero por ahora prefiero detenerme en los hechos como tales. Después, que cada uno haga su propia evaluación y condene o apruebe aquello que constituyó un modelo de formación masculina.

Quienes han vivido en aquellos tiempos recordarán que fumar no tenía que ver con la calidad del tabaco sino con el gesto, con la presencia de un hombre con un cigarrillo en la mano, un cigarrillo en la boca o en el acto de encender el cigarrillo con fósforos o encendedor; o ese otro acto -tantas veces ensayado y que costó tantas lágrimas- de hablar con el cigarrillo en la boca.

Cientos de películas promocionaban esa gestualidad masculina que yo no sé si atraía a las mujeres, pero está claro que a nosotros nos parecía que sí, pero sobre todo, sospecho que fumar más que un acto de seducción a las mujeres era algo así como una contraseña entre hombres, porque ser "hombre" reclamaba en primer lugar la aprobación de los hombres.

La aprobación femenina reclamaba otros procedimientos, aunque, como escribió Adolfo Bioy Casares, "el héroe de los hombres no siempre es el héroe de las mujeres".

II

La otra exigencia de hombría era jugar al billar. El muchacho que lograba acceder a una mesa de billar o casín ya empezaba a ser un hombre con los pantalones bien puestos. El billar se jugaba en bares o salones de clubes; bares y salones a los que asistían los hombres exclusivamente. Acceder a ese templo no era fácil se los aseguro. Primero había que eludir las prohibiciones de la edad.

"Pibe, sos menor de edad, no podés jugar", te decía el mozo o el dueño del bar. Después había que conseguir mesa, lo cual era complicado porque los billares de entonces estaban siempre ocupados y no había lugar para un imberbe. Finalmente, lo más importante: había que aprender a jugar.

¿Cómo se aprendía? En primer lugar mirando; mirando jugar a los maestros; mirando cómo tomaban el taco, cómo le ponían tiza y cómo lo manejaban en la mesa. Recuerdo al veterano que alguna vez me dijo: "A un buen jugador lo conocés en el arranque por la manera de agarrar el taco". Y no estaba equivocado.

Por la manera de agarrarlo y de dar la primera tacada. Después del aprendizaje visual, llegaba el aprendizaje práctico. Había que jugar. Había que familiarizarse con el taco, advertir qué taco se adaptaba mejor a uno, y empezar a lidiar con las bolas.

Allí terminaban las especulaciones y empezaban los desafíos: el desafío de trabajar los efectos, las picadas, el trabajo con las bandas, el cálculo para dejar las bolas distribuidas de tal manera que al rival se le haga muy difícil hacer su juego.

III

Una pudorosa confidencia personal: empecé a ir al bar de billares a los catorce o quince años y durante algunos años jugué mucho y me esforcé mucho por jugar bien. Todo en vano. Nunca fui un gran jugador, ni siquiera un jugador bueno. ¿Para qué mentir?

Jugaba con chambones como yo y a veces ganaba y a veces perdía, pero cuando llegaba un buen jugador, no importa la edad, uno respetuosamente se hacía a un costado y permitía que los maestros hicieran su juego. Yo me daba por bien pagado con que me permitieran estar con ellos. En mi adolescencia el billar fue un juego que me gustaba practicar.

Me gustaba jugarlo y me gustaba el ambiente de hombres que se formaba alrededor de una mesa o de un bar de billares. En aquellos años sesenta en la ciudad de Santa Fe había más de cien bares con mesas de billares. Bares y clubes. Dicho de otra manera: no se concebía un bar que mereciera ese nombre sin una mesa de billar.

Yo jugué (si la palabra "jugar" vale para un chambón como yo) en varios bares cuyos nombres ahora no recuerdo. Algunos en Bulevar, algunos en barrio Candioti, uno por López y Planes, otro que estaba en una esquina de Blas Parera cerca del cementerio.

Jugué en diferentes bares, pero el preferido o el que frecuenté con más insistencia fue el Tokio, frente a Plaza España, el bar donde alguna vez dio una exhibición uno de los hermanos Navarra, verdaderos magos del taco. Más modestos, nosotros jugábamos por "la vuelta" y por el pago de la mesa, no mucho más.

IV

Santa Fe fue una ciudad que dio grandes jugadores de billar, y en particular en el juego que, según los entendidos, es el más complejo, el más exigente para un jugador: el casín. En aquellos años los campeonatos de casín no voy a decir que convocaban a multitudes, pero he visto partidos con más de cien personas contemplando las "diabluras" de los jugadores.

El billar fue durante años un juego, un deporte popular. Y lo era por su origen y por el público que convocaba. Su popularidad no se comparaba con la del fútbol, pero el billar con todos sus símbolos estaba presente en la cultura masculina de aquellos años, una presencia que hoy por diferentes razones no digo que haya desaparecido, pero sí se ha debilitado y me temo que esa debilidad es definitiva.

En aquellos años sesenta yo conocí a dos grandes jugadores santafesinos: Amado Jador y Manuel Gómez, el Nene Gómez. Seguramente hubo otros. Y muy buenos. Pero a los que yo tuve la dicha de conocer fue a estos dos. No miento ni exagero: los conocí. No fui su amigo por razones de edad y por razones de vida.

Yo era un estudiante, y si bien frecuentaba esos ambientes, siempre sospeché que me miraban como si no fuera "del palo". Y tal vez no lo era; o tal vez fuera una prevención injustificada de mi parte. Si bien no fui su amigo, más de una vez conversé con ellos. No fuimos amigos, pero si nos cruzábamos en la calle nos saludábamos.

Demás está decir que tanto Jador como Gómez eran buenos en lo suyo o, mejor dicho, eran excelentes, unos verdaderos artistas. Verlos jugar era un festín para la vista.

Su talento nos hacía creer que jugar al billar era fácil, porque la elegancia que tenían para manejar el taco, la sutileza, el refinamiento, la precisión, fluía con tanta naturalidad que uno creía que si acto seguido se ponía a taquear podía hacer los mismos firuletes, creencia que pronto se derrumbaba cuando uno agarraba el taco y en el acto advertía que "no es pa cualquiera la bota de potro".

V

Jador y Gómez fueron campeones. Jador fue campeón argentino cuantas veces quiso; Gómez fue campeón del mundo en un campeonato que en 1965 se organizó en Santa Fe. Los dos fueron campeones hasta el último día. Eran campeones y se comportaban como campeones. Ni pedanterías ni fanfarronerías.

Por el contrario, eran sobrios, recatados, discretos, pero ellos sabían muy bien que cuando entraban a un bar o a un club, todos los miraban con los ojos con que se miran a los campeones. Los dos representaban a un club. Jador era hombre del Centro Español; Gómez del Club Argentino. Por lo menos eso fue lo que me contaron. Lo seguro es que ninguna mesa de la ciudad les resultó desconocida.

Decía que eran tipos sobrios, respetuosos, elegantes. Y lo eran. Yo los recuerdo siempre de traje y corbata; los recuerdo en un club o en un bar; a veces, en algún café compartiendo la mesa con amigos. A Jador muchas veces lo he visto solo en la mesa de un bar: el café y el diario. Siempre enteros, siempre dignos.

Su hombría no era la del matón o la del fanfarrón; era una hombría de gestos pausados, de palabras precisas. Una hombría algo anacrónica en su gestualidad, una hombría que tal vez ya no exista pero que se extraña. Nunca los vi expresarse de manera grosera, nunca una palabra de más o de menos contra una mujer.

Hombres íntegros, dedicados a lo que eligieron dedicarse, sabedores de su valía pero sin ínfulas; hombres que eligieron un modo de vida y fueron coherentes en su estilo. Jador alguna vez me dijo: "Si volviera a nacer viviría exactamente como viví, con algunas correcciones menores, pero no mucho más".

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