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Fármaco contra el desasosiego

Una lectura del libro "Un viaje sanador", de Antonio Agudelo

Esta obra literaria plantea la poesía como medicina ancestral, un manual para enfrentar las fracturas de la vida, más allá de la estética y el deleite poético.

Una lectura del libro "Un viaje sanador", de Antonio AgudeloUna lectura del libro "Un viaje sanador", de Antonio Agudelo

Sábado 9.5.2026
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Actualizado al Sábado 19.9.2026 9:18hs
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Jesús Goicouria
Por: 
Jesús Goicouria

Antonio Agudelo presenta en "Un viaje sanador" -publicado por Editorial Iruya (Córdoba, 2025)- un boleto literario que va más allá de la función estética, y se instaura en la belleza de pragmatismo radical: el poema como herramienta de supervivencia. Desde el paratexto inicial, la obra establece su axioma central al afirmar que "la poesía es la medicina más antigua".

Portada de "Un viaje sanador". No es un poemario concebido para el deleite en sí mismo, dice Goicuria, "sino un manual de urgencias ontológicas que nos acompaña a través de las fracturas de la existencia humana".

Esta premisa nos sitúa de inmediato en un espacio de proximidad; no nos encontramos ante un poemario concebido para el deleite en sí mismo, sino ante un manual de urgencias ontológicas que nos acompaña a través de las fracturas de la existencia humana.

Aunque el prólogo sugiere la imagen de una entidad angélica obligada a confrontar la crudeza de lo terrenal, una lectura sostenida desarticula esa figura impoluta.

El yo lírico no observa desde la periferia de lo divino; está inmerso en la finitud, en la decrepitud física del transcurrir diario. La obra se nutre con la temporalidad, demostrando que cualquier asomo de trascendencia exige primero una inmersión absoluta en el barro de lo contemporáneo.

Lejos de enfocar la enfermedad del mundo exclusivamente en sus coordenadas geopolíticas, el poemario nos adentra en un apocalipsis mucho más íntimo y cotidiano: la fragilidad del cuerpo, el deterioro de los vínculos y la memoria como un territorio amenazado.

El texto diagnostica la realidad a través del espacio clínico, convirtiendo el hospital y la sala de espera en los verdaderos escenarios del purgatorio moderno. Nos sumergimos en una poética que expone la tensión entre el paraíso perdido de la infancia rural y la alienación de la ciudad.

En este contexto, la escritura se erige como una acción de responsabilidad, un acto ético de gratitud hacia lo vivido. Quien ostenta el dominio de la palabra asume la obligación de nombrar el caos para intentar neutralizarlo. La creación artística funciona como una retribución que nos empuja a no apartar la mirada frente a la pérdida.

El autor sacrifica la comodidad del silencio por la exactitud del lenguaje, asumiendo que el poema opera como un deber, una nobleza inherente al oficio que nos obliga a cargar con el peso existencial. Las cosas necesitan ser salvadas; si no nombramos el dolor desde su precisión, dejamos que el mundo desaparezca en la maquinaria del olvido.

Esta arquitectura fluye de manera continua, trazando una ruta donde no ascendemos hacia una redención fácil, sino que transitamos por una espiral de confrontaciones. En un primer momento, buscamos anclajes tangibles frente a la desintegración del sentido. Exploramos la paradoja de hallar lo sublime en la cotidianidad erosionada.

La felicidad se despoja de su carga utópica para reducirse a imperativos de resistencia diaria: la observación atenta de un pájaro, la anciana en la puerta de un supermercado, la memoria de un patio. Comprendemos que estos pequeños asideros son efímeros, pero funcionan como un contrapeso vital. Más adelante, el viaje nos acerca a la alegría desde una perspectiva trágica.

No se trata de una alegría desprovista de conciencia, sino de una elección racional frente al terror. Aparece como una disciplina férrea, una herramienta de combate. El poeta nos muestra que el verdadero sufrimiento consiste en observar la convivencia de la belleza y la muerte en un mismo espacio.

Celebrar la existencia en un mundo configurado por la finitud es, dentro de la lógica del libro, un acto fundamental de supervivencia. Nos sumergimos progresivamente en la multiplicidad del lenguaje como único mecanismo de aprehensión de la realidad. Comprendemos junto al autor que una sola perspectiva es insuficiente para abarcar la fractura del tiempo.

El poeta clama por un idioma que logre coser las partes dispersas de la conciencia, asumiendo que hablar y articular la sintaxis se transforman en ejercicios de respiración artificial. Quien pierde la palabra, cede el territorio a la disolución absoluta. El texto cristaliza esta urgencia de forma magistral:

"La muerte está más allá del lenguaje,/ la Belleza es profunda(mente) violenta:/ no hay más resurrección que la resurrección en el lenguaje,/ todos volvemos a vivir en nuestras lenguas (...)".

Este tránsito consolida la dimensión médica del poemario, asumiendo al mundo entero como una inmensa sala de urgencias donde la poesía ejerce su labor suturante. Es aquí donde la obra despliega una genuina hospitalidad del arte.

El poema no se limita a diagnosticar el daño; nos ofrece un asilo, un espacio ético de acogida donde todo aquello que suele ser relegado por la inercia del mundo -el deterioro físico, la enfermedad, la vejez- encuentra por fin un cobijo digno.

Escribir se convierte en un acto de hospedar la vulnerabilidad del otro, la igual que la misma escritura lo hace con el autor. El viaje no concluye con una cura aséptica, sino con la aceptación estoica de la herida. La sanación propuesta no erradica la cicatriz, sino que nos dota de la capacidad de soportar el dolor e integrarlo en el flujo vital:

"La poesía es la medicina más antigua, el mundo es nuestro hospital,/ con una enfermera blanca y un cirujano rojo que toca el violín,/ para que la alegría crezca en el corazón, para que evolucione".

En medio de esta intemperie, la figura de la madre emerge como el ancla ontológica más poderosa frente a la disolución. La mención reiterada a la vejez familiar y al cuidado filial sitúa el texto en el desgarro personal. La confesión "yo muero cada día para que ella viva" representa esta entrega, y hermana.

Este desgaste para sostener al otro es el núcleo ético de la obra. Observamos la tensión entre el anciano ciego y el hijo que intenta retener la existencia de sus padres a través de las sílabas. Aquí, la literatura y el cuidado mutuo exigen un vaciamiento del propio ego en favor del prójimo.

La experiencia erótica funciona como el gran contrapunto a la pulsión de muerte. El autor evita las abstracciones estériles frente a la corporalidad. El cuerpo físico, el sexo y el deseo irrumpen como los únicos espacios verdaderamente habitables frente al colapso exterior.

Las apariciones de figuras como la Venus de Botticelli o la amante en el cuarto polvoriento no operan como tropos románticos agotados, sino que constituyen un refugio tangible. El texto nos acerca a la fricción de dos cuerpos como el lugar de ensayo para burlar la soledad.

En un universo donde estamos desnudos ante el abismo, la piel del otro se levanta como una trinchera: "¿Y si el poema fuera hacer el amor/ con un placer misterioso y deleites subidísimos?/ ¿Y si el silencio fuera una casa lejana/ y descansar en una cama doble,/ aún ebrios del íntimo olor de nuestros cuerpos,/ sin que nadie nos sorprenda?"

El gozo físico adquiere un estatus fundacional; postula el deseo no como un escape, sino como un escenario para la materia viva. Si la mente produce el dolor analítico, es la carne la que exige la permanencia. Viajamos a través de una constante tensión dialéctica entre lo efímero de la circunstancia y el anhelo de perdurabilidad del arte.

Asumimos el dictamen de Heráclito sobre el flujo incesante de las cosas, pero nos rebelamos contra esa disolución utilizando la fijeza de la escritura. Operamos en este lugar imperfecto que llamamos paraíso.

La negativa a utilizar un tono meramente contemplativo salva a la obra de caer en la autocomplacencia. La sanación no proviene de una redención mágica, sino de nuestro propio esfuerzo por configurar el lenguaje para dotar de orden a una existencia intrínsecamente entrópica.

"Un viaje sanador" no es solamente el boleto que nos invita a sostener una mirada crítica sobre nuestra propia finitud, es el camino mismo. Su principal virtud reside en la frontalidad con la que asume la insuficiencia del consuelo fácil.

Si bien en algunos pasajes la convivencia de imágenes oníricas con la crudeza del mobiliario clínico genera fricciones estéticas, estas disonancias resultan coherentes con la pretensión de abarcar la totalidad de una conciencia fragmentada.

Agudelo apuesta a despojar a la poesía de camuflajes inofensivos para restituirle su función primordial: ser el bisturí que abre el absceso de la realidad y, simultáneamente, el hilo que cose los bordes de la herida.

En la asunción de esta doble naturaleza, destructiva y reconstructiva, radica la nobleza de la propuesta. No encontramos respuestas absolutas ni redenciones gratuitas en sus páginas, sino el testimonio riguroso de un acto ético de gratitud: la escritura como una negativa rotunda a claudicar ante el mutismo de la historia ante lo bello. A continuación, van fragmentos que lo reflejan:

"Esta noche si quieres encontrarte con la poesía,/ mira por la ventana y enciende una linterna.// Las palabras son un refugio que nos protegen del mundo,/ un recogimiento de calma y dulzura,/ un pequeño estanque de limos oscuros,/ el fondo es brillo (...)".

"Al amanecer Dios ha llegado y lo saludo.// Le dije: con tus dos lenguas del sí y del no/ creas un lenguaje donde nada permanece,/ y sucede de todo.// Él me dijo: Lo sé. Lo que haces en esta vida/ resuena en la eternidad.// (...)".

"El maestro dijo: mira la belleza del mundo/ y escribe lo que ves, con la tensión de tu mirada,/ para que despierte tu conciencia, broten las palabras/ y mejore tu salud,/ (...) entra cada noche en tu propia habitación/ y permanece inmóvil un instante en el mundo de sombras.// El otro amanecer es un enigma, quien sabe lo que esconde:/ el gesto, el dolor, la hermosura, el bien y el mal,/pero no expliques ni argumentes nada,(...)"

"Llama a las cosas,/ nombra lo desconocido para que exista,/ pon el poema magnético, para que levante/ el barco de los locos y entren en razón,/ siente la pasión en cada abrazo,/puedes sostener la pena en tu sonrisa,/ en el cobijo de las palabras, la piel lame heridas,/ muestra siempre la cara más brillante de la luna,/ que nunca falte la tensión de tu mirada/ hacia un territorio ya desconocido".

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Jesús Goicouria
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