La noche tiene una relación íntima y auténtica con cada uno de nosotros, que ni siquiera puede imaginarse desde la claridad diurna, acostumbrada a la apariencia y la impostura social. Se sabe que "cuando nos inventamos en la noche/ quedamos tan espléndidos/ que no nos reconocen" (Mario Benedetti). Entablamos, incluso, un vínculo de confianza, una comodidad mutua, al punto que somos "como un pozo en cuyas aguas/ la noche deja sus estrellas/ y sigue sola por el campo" (Pablo Neruda). Esta complicidad alcanza hasta el ruego que le hizo Alejandra Pizarnik: "No me entregues,/ tristísima medianoche,/ al impuro mediodía blanco".




































