Se llamaba Cipriano y era la oveja negra de la familia. Le gustaba la noche, el café con los amigos, tocar la guitarra y, por supuesto, el tango. Era más porteño que el obelisco. Vivía en un cuarto en la planta alta de la casa de mis abuelos. Allí se pasaba horas tocando la guitarra, escribiendo y leyendo novelas.





































