Hay una escena que se repite con una regularidad casi ritual: ante cada crisis política, escándalo o fracaso de gestión, la explicación aparece rápida, cómoda, casi automática: corrupción. La palabra funciona como un diagnóstico total. Nombra el problema, señala a los culpables y, sobre todo, tranquiliza: si el problema son "ellos", entonces la solución es simplemente reemplazarlos.


































