Nos escribe Mateo (37 años, Bellavista): "Hola Luciano, te escribo porque veo que en todos lados se habla de vínculos y se da por sobreentendido qué es un vínculo y yo no sé, así que te quiero pedir una definición breve, cortita y al pie".
No todas las relaciones son vínculos. Un vínculo implica expectativas y empatía, trascendiendo la simple interacción para construir una conexión significativa.

Nos escribe Mateo (37 años, Bellavista): "Hola Luciano, te escribo porque veo que en todos lados se habla de vínculos y se da por sobreentendido qué es un vínculo y yo no sé, así que te quiero pedir una definición breve, cortita y al pie".
Querido Mateo, ¿cómo estás? Muchas gracias por tu mensaje. Lo primero que quiero decirte es que espero poder hacerte un buen pase, ¡para que puedas definir!
Tenés razón cuando decís que hoy se habla de vínculos en todas partes y que a veces se supone qué es un vínculo, tal vez haciendo demasiado extensa la aplicación del término. Por ejemplo, muchas veces se usa la palabra "vínculo" como sinónimo de relación y, por cierto, hay muchas relaciones que no son vinculares.
Pensemos en la situación de que voy a pagar una factura. Ahí me recibe alguien, le extiendo el papel, le entrego el dinero y, luego, me retiro. En ese punto, hubo una interacción social, pero no un vínculo. La relación es una de las dimensiones del vínculo, pero no es suficiente.
Es lo mismo que ocurre cuando interactuamos en plataformas -"reaccionamos", se dice-, pero un vínculo va más allá de una acción basada en una dirección única.
Imaginate, Mateo, lo que ocurriría si, cuando voy a pagar la factura, el empleado se me pone a hablar y, cada vez que quisiera entregarle el dinero, me diera más y más charla. Creo que estaríamos de acuerdo en decir que esa actitud sería molesta o, al menos, incómoda. A veces simplemente queremos hacer lo que nos propusimos, lo que no tenemos que hacer, en lugar de entablar un vínculo.
Pensemos en otra circunstancia. Me subo al colectivo y le digo "Bueno día" al chofer. ¿Qué ocurriría si este no me responde? Seguramente yo tendría la opinión de que se trata de una persona grosera u ordinaria. ¿Por qué? Porque con mi saludo no es que yo quiero realizar una acción, la de pagar el pasaje, sino que también lo incluyo al chofer en una expectativa.
Con la expectativa ya estaríamos en un segundo nivel, que trasciende la relación y abre una primera cara del vínculo: cuando me importa lo que el otro hace con mi acción. Con ese saludo, espero ser reconocido como una persona educada y también tengo la expectativa de que el otro se comporte de manera semejante.
Algo parecido ocurre cuando envío un mensaje de WhatsApp y el otro no me responde. Lo vivo como una negativa a responder, pero no porque el otro no quiera hacerlo, sino porque no valida mi mensaje con, al menos, un "Ok" o un emoji con un dedito levantado. Es cierto que estos íconos no dicen nada, pero sí funcionan como un acuse de recibo.
En este acuse de recibo se juega la dimensión del reconocimiento, que es el piso sobre el que se instala un vínculo propiamente dicho. Planteado de otra manera, el vínculo empieza cuando no solo realizo una acción, sino que también sitúo un destinatario particular del que me interesa una respuesta personal.
Sin embargo,... ¿alcanza con la expectativa de una conducta recíproca para que hablemos de vínculo? No, la expectativa es un primer paso, pero no es conclusiva. Para avanzar con el planteo de un vínculo pleno es preciso agregar una nueva dimensión: la empatía.
Cuando me vinculo, no solo me relaciono y espero que el otro responda, sino que también me represento lo que al otro le ocurre en la relación conmigo y qué espera de mí.
La empatía no es solo ponerse en el lugar del otro, sino que es un arco complejo por el que se cierra el círculo de la vinculación. Alguien puede amar mucho a una persona, pero tratarla como si fuera una extensión suya, exigiéndole correspondencia, sin tener una idea de qué efectos tiene en el otro la propia acción.
Hoy se habla mucho de vínculos, querido Mateo, como bien decís, con el afán de decir si un vínculo es sano, o no; pero creo que más bien la cuestión gira en torno a si hay vínculo, o no. Si hay vínculo, es cierto que este puede ser conflictivo, pero de ahí a que sea patológico hay una distancia grande.
En los casos de patología, más que de vínculos, lo que hay son relaciones no vinculares, en las que no se plantea la empatía y a veces ni siquiera la dimensión del reconocimiento. Es lo que ocurre cuando se trata al otro como un objeto. Es decir, "como un mueble más", según la vieja expresión de la sabiduría popular.
Es muy interesante y valioso que, de un tiempo a esta parte, se haya empezado a hablar de vínculos; sobre todo de la mano de la noción de cuidado, porque evidentemente esto lleva a pensar que no nos tratamos bien, que no tenemos formas adecuadas de relacionarnos.
Tengo la impresión de que, de un tiempo a esta parte, esto se debe a que las nuevas tecnologías nos volvieron más operativos y a veces hasta nos olvidamos de saludar al entrar a un lugar.
¿Cuántas veces vamos al supermercado y dejamos los objetos en la banda y miramos el teléfono como si no tuviéramos una persona delante? Aquí no se trata de una cuestión de empatía en sentido estricto, sino de reconocimiento de la alteridad y de jugar ese juego que es el de los buenos modales y la educación.
Ser una persona "educada" no es una mera convención, sino que es un trabajo que nos pone frente a otro en una actitud humilde y de reconocimiento. Cuando decimos "Por favor", "Gracias" e incluso "Perdón" no se trata de meras palabras o formalismos, sino de un modo básico de establecer un contacto humano.
Hoy vivimos conectados, pero con muy poco contacto. La de vincularse es la capacidad humana por excelencia. Insistir en la importancia de los vínculos es darle valor a aquello que nos hace ser quienes somos. Por eso, querido Mateo, te agradezco que me hayas pedido darle la debida atención a un tema tan importante.
Para comunicarse con el autor: lutereau.unr@hotmail.com




