Durante años convivió con balaceras, amenazas y escenas de violencia que se repetían frente a la puerta de su vivienda. Cuando decidió denunciar a quienes siembran el terror en barrio San Lorenzo, comenzó para ella una pesadilla aún mayor. Las intimidaciones escalaron hasta obligarla a abandonar su casa, dejar la ciudad y empezar una nueva vida en condiciones de extrema precariedad.






































