Todo comenzó en enero de 2017, luego de meses de lluvias intensas. Los vecinos de Colastiné Norte miraban con cierta sorpresa a los obreros municipales que colocaban una extrañas mallas sobre varias calles del barrio costero. Eran las geoceldas, dispositivos que iban a permitir una mayor absorción del agua de lluvia y mejorar la transitabilidad de los peatones, ciclistas y conductores de automóviles.


































