Entre el "verdor de la costa" y la "respiración abierta de la Laguna Setúbal", funcionó un estudio donde la historia del arte santafesino cobró forma en mármol, madera y bronce.
Una entrevista publicada por el diario en febrero de 1973 muestra la intimidad creativa de uno de los constructores del arte santafesino. Según esa conversación, Bardonek entendía la escultura como un “soplo de vida”.

Entre el "verdor de la costa" y la "respiración abierta de la Laguna Setúbal", funcionó un estudio donde la historia del arte santafesino cobró forma en mármol, madera y bronce.
Allí, en febrero de 1973, El Litoral realizó una entrevista (que se publicó el domingo 23 de aquel mes) con Miroslav Bardonek, escultor, docente y protagonista de una tradición que todavía sobrevive en Santa Fe.
Como dato de color, el entrevistador destacaba que en el estudio, Bardonek tenía "bocetos, tallas, mármoles y los dos retratos que le pintaran Mario Gargatagli y Enrique Estrada Bello, en un abrazo de confraternidad artística". Dos pintores santafesinos fundamentales del siglo XX.
Evocar aquella conversación es volver a una época en la que la escultura era parte de la ciudad, de sus instituciones y sus sueños inconclusos. Es también revisar la figura de un artista inmigrante que hizo de la materia un territorio espiritual.
"Nací en Moravia, en 1906. En 1923, nos vinimos a la Argentina con la esperanza de trabajar y empezar de nuevo". Así comenzaba el repaso biográfico de Bardonek, que había llegado al país tras la devastación de la Primera Guerra Mundial, que duró desde 1914 a 1918.
Formado inicialmente junto a su padre, marmolero y letrista, completó estudios en la escuela profesional nocturna Leandro N. Alem y luego en la academia de Juan Cingolani. Allí se produjo un punto de inflexión. "Yo quería pintar, pero Cingolani me marcó el rumbo: tú serás escultor".
Desde entonces, su trabajo se desplegó en mármol, piedra, bronce y madera, con una búsqueda constante de síntesis formal y contenido expresivo.
En la entrevista, Bardonek reconocía la influencia del escultor Serafín Marsal y del decorador francés Pablo Rouquié, quien trabajó en edificios emblemáticos de la provincia, como el hotel Ritz. Su primera obra exhibida públicamente fue, precisamente, una cabeza titulada "Mi maestro", dedicada a este último.
El artista no se quedó en la producción individual. En 1942 fue convocado a integrar el cuerpo docente de la Escuela Provincial de Bellas Artes Juan Mantovani, donde ejerció la cátedra de escultura durante décadas. También se desempeñó como jefe del taller de restauración del Museo Provincial de Bellas Artes Rosa Galisteo de Rodríguez.
"Todavía hoy sigo enseñando, con el mismo entusiasmo", afirmaba en 1973. Quiero jubilarme, pero los alumnos a quienes he introducido en la talla de la madera, parece que no quieren dejarme ir", añadía. En efecto, su rol como formador marcó a una generación entera de artistas.
"He recorrido con mis manos todos los materiales: desde el mármol a la piedra, desde el bronce a la madera, buscando formas, desnudando secretos. Uno llega así entrever formas en todas partes y la naturaleza le va dictando cosas en cada pedazo de materia: como un soplo de vida".
Bardonek entendía la escultura como diálogo con la materia y rechazaba los encasillamientos estilísticos. "No me ato a un estilo determinado: soy variable a conciencia, según el tema que abordo".
Creía en el concepto escultórico como núcleo expresivo y no concebía el volumen vacío de contenido. Su aspiración, en línea con la tradición moderna que remite a Auguste Rodin, era alcanzar el "corazón de la piedra", revelar una energía interior más que reproducir una forma exterior.
Entre proyectos y realizaciones, mencionaba obras dedicadas a figuras como Pedro Candioti, Hipólito Yrigoyen, Rawson y Ceferino Namuncurá. Algunas se concretaron; otras quedaron en el territorio incierto de lo proyectado.
La entrevista publicada en 1973 terminó de construir una imagen: la de un artista maduro, consciente de su recorrido y de su papel en la construcción cultural de Santa Fe. Algo que no hizo más que profundizarse tras su muerte, en 1983.
Escultor, docente, restaurador y dirigente de la Sociedad de Artistas Plásticos Santafesinos, Mirolav Bardonek encarnaba una generación que entendía el arte como parte constitutiva del proyecto colectivo. Al que también contribuyeron contemporáneos suyos como José Sedlacek.
A más de cinco décadas de aquella conversación, su palabra conserva actualidad. Releer esa entrevista es el equivalente a revisar una etapa decisiva del arte local y reconocer en Bardonek a uno de sus constructores más persistentes.




