En distintos municipios del país, los productores lácteos deben afrontar tasas por transitar, vender o simplemente ingresar mercadería, muchas veces sin recibir una contraprestación clara.
Los impuestos por recolección, tránsito y ventas afectan la rentabilidad lechera. En algunos casos, se paga sin recibir ningún servicio

En distintos municipios del país, los productores lácteos deben afrontar tasas por transitar, vender o simplemente ingresar mercadería, muchas veces sin recibir una contraprestación clara.
Esta carga, que varía según la localidad y puede superar los $28 por litro, representa un costo silencioso que impacta directamente en la competitividad del sector.
Mientras el sector lácteo busca ganar eficiencia para mantenerse competitivo en un contexto inflacionario y de costos crecientes, las tasas municipales aparecen como un obstáculo silencioso, poco visibilizado en los debates públicos, pero con fuerte impacto económico.
A diferencia de los impuestos nacionales o provinciales, las tasas locales suelen tener escasa regulación y alta discrecionalidad, lo que genera un mosaico tributario desigual a lo largo del país.
Se trata de tributos aplicados por los gobiernos locales bajo diversas figuras: estacionamiento, tránsito, introducción de mercadería, comercio o control sanitario. En muchos casos, no existe una relación directa entre el monto cobrado y los servicios efectivamente prestados.
En Santa Fe, la comuna de Colonia Raquel aplica un esquema doble de tasas a los camiones que transportan leche cruda: una por estacionamiento y otra por circulación dentro del ejido comunal, que se calcula en función de los kilómetros recorridos.
La alícuota equivale a 1,5 litros de gasoil por kilómetro, lo que convierte cada recorrido diario en una obligación fiscal adicional.
Desde el sector advierten que, si bien los municipios tienen potestad para aplicar tasas, el problema surge cuando se transforman en una fuente de recaudación desproporcionada, sin inversiones visibles en caminos rurales, infraestructura o servicios de control sanitario.
En buena parte del país, se aplican las llamadas Tasas de Introducción o Abasto, que los municipios cobran por permitir el ingreso o tránsito de productos como carne, frutas o leche, bajo el supuesto de realizar controles bromatológicos o sanitarios.
Sin embargo, en muchos casos no hay pruebas de que esos controles existan o se realicen de manera sistemática.
Los mecanismos varían: algunas localidades cobran por litro o kilo ingresado, otras por carga completa, e incluso existen valores fijos que se repiten semana a semana, sin relación con el volumen. Se observa (ver cuadro) que las alícuotas pueden alcanzar o superar los $28 por litro en determinados distritos, afectando especialmente a las empresas que operan con grandes volúmenes.
Otro punto crítico es la aplicación de tasas como el Derecho de Registro e Inspección (DREI) en municipios donde las empresas no tienen locales ni oficinas, pero realizan ventas.
Es el caso de algunas localidades de Misiones y Córdoba, que gravan con alícuotas de entre 0,6% y 1% las operaciones realizadas en su jurisdicción, aunque la actividad comercial o productiva no tenga anclaje físico allí.
Esto genera una doble imposición o una carga distorsiva, sobre todo para empresas que deben enfrentar estos pagos en múltiples distritos, sin obtener beneficios o servicios concretos a cambio.
Un relevamiento realizado por entidades del sector agropecuario sobre los tributos aplicados en 2025 permite ver una enorme disparidad entre municipios. Las tasas pueden multiplicarse por cinco entre localidades cercanas, sin que haya diferencia en la calidad del servicio.
En algunos casos, los montos anuales que pagan las industrias por tasas municipales superan varios millones de pesos, dependiendo del volumen operado y de la zona.
Esta situación genera una competencia desleal entre productores, ya que quienes operan en distritos menos exigentes tienen una ventaja estructural frente a los que soportan más cargas.
La falta de reglas uniformes y la ausencia de control sobre la razonabilidad de las tasas se combinan en un contexto en el que la lechería ya enfrenta altos costos logísticos, presión fiscal nacional y problemas de infraestructura.
Las principales entidades del agro y la industria láctea reclaman una revisión del sistema de tributos locales, no para eliminar la autonomía municipal, sino para establecer criterios de proporcionalidad, transparencia y contraprestación. En definitiva, que se pague solo por lo que realmente se recibe.
El entramado de tasas municipales no sólo recorta la rentabilidad de la producción láctea, sino que desincentiva inversiones, planificaciones a largo plazo y crecimiento.
Mientras no exista una coordinación efectiva entre los niveles de gobierno, y los municipios sigan recaudando sin prestar servicios concretos, el precio de la leche seguirá arrastrando costos que no se ven en la góndola, pero que terminan pagando productores y consumidores.




