—La democracia llegó a una Argentina que era un paria en el mundo. Veníamos de estar al borde de una guerra con un país limítrofe, de desconocer un laudo arbitral, de perder una guerra contra una potencia de la OTAN, de tener militares que entrenaban ilegalmente a fuerzas irregulares en Centroamérica y de un gobierno acusado de participar en un golpe de Estado en Bolivia. La situación económica era terminal. Un solo ejemplo: en 1983, los intereses de la deuda que debía pagar la Nación equivalían al 67% de las exportaciones de ese año. Para dimensionarlo, las reparaciones de guerra impuestas a Alemania tras la Primera Guerra Mundial no podían superar el 25% de sus exportaciones. Es decir, la Argentina estaba en una situación casi tres veces peor que la de Alemania después de la guerra. El déficit fiscal equivalía al 15% del Producto Bruto Interno y la inflación anual rondaba el 400%. Pero la solución de los problemas económicos no puede separarse de una solución política, que en un país occidental es la democracia. Y para producir resultados favorables en términos económicos y sociales, esa democracia debe ser de calidad. Cuando un gobierno, como el de Alfonsín, enfrenta tres intentos de golpe de Estado, el ataque guerrillero a un cuartel, trece paros generales y más de tres mil conflictos sectoriales, lo que predomina no es la estabilidad ni la previsibilidad, sino la fragilidad. Esa fragilidad empezó a disiparse cuando, por primera vez en el siglo XX, un presidente surgido de la voluntad popular, Carlos Menem, sucedió a otro también elegido por el voto popular, Raúl Alfonsín.