
La única explicación que debe dar Manuel Adorni a la opinión pública es acerca del origen de la plata que gastó en estos dos años. No es una exigencia desmesurada, pero pareciera que para Adorni esa exigencia es de imposible satisfacción. Y atendiendo las excusas y las gambetas verbales a las que recurre para eludir lo obvio, pareciera que efectivamente el ministro no puede explicar de dónde salió la plata.
O lo que puede explicar no está en sintonía con lo que prescribe la ley. “Enriquecimiento ilícito”, Adorni. Esa maldita disposición legal impulsada por un presidente radical llamado Arturo Umberto Illia. Radicales tenían que ser, exclama su jefe. Radicales. Siempre boicoteando el legítimo afán de quienes aspiran a enriquecerse como Dios manda.
A enriquecerse gracias a la mano invisible del mercado o a la mano negra y peluda del estado. María Julia Alsogaray a este principio lo silbaba de memoria. Lo mismo puede decirse de Néstor y Cristina Kirchner.
O de un señor llamado Carlos Menem, quien a pesar de estar condenado en dos instancias se las arregló para morir en paz en su cama, y de rebote darse el lujo de que sus herederos, incluidos sobrinos, primos y entenados, sean las estrellas políticas del flamante régimen libertario que vino a poner punto final a las trapisondas de la casta.
“Ni en pedo le pido la renuncia a Adorni”, exclamó Milei. Esa elegante y exquisita afición del presidente por las flatulencias.
Adormi, Milei y sus previsibles y en algunos casos inesperados defensores insisten en que los periodistas no pueden sustituir a los jueces. ¿Cuando los periodistas pretendieron reemplazar a los jueces? Los periodistas investigan, denuncian, informan. No condenan ni absuelven, jurídicamente hablando, pero por supuesto no se privan de trabajar con los hechos y de opinar acerca de estos hechos.
En el campo del poder y la política los jueces poseen facultades importantes, pero no son los únicos que intervienen a la hora de la búsqueda de la verdad.
Bienvenida una justicia independiente indispensable en un estado de derecho, bienvenida las garantías y las presunciones de inocencia, pero nunca olvidemos, por ejemplo, que para la justicia norteamericana Al Capone fue apenas un evasor de impuestos cuando todos sabían que era el jefe de la mafia de Chicago.
“Vayan a la justicia”, era la frase preferida de Menem cada vez que estaba acorralado por los episodios de corrupción que estallaron todas las semanas durante sus diez años de presidencia. Recuerdo entonces cuando ese gran periodista que fue Isidoro Gilbert le dijo indignado en una conferencia de prensa celebrada en Olivos: “Por favor, señor presidente, deje de tomarnos por imbéciles”.
Hay una película dirigida por Luchino Visconti llamada “El extranjero”, la formidable novela de Camus. Meursault, acusado de asesinar a un árabe en una de las playas de Argelia es interrogado por un juez que no entiende por qué no designa un abogado defensor. “No lo designo -contesta Mersault- porque todo es demasiado evidente”.
Se me ocurre que algo parecido a esa evidencia que deslumbraba con el fulgor de los soles del Mediterráneo a Mersault, debería contagiar a Adorni.
Una evocación histórica nunca viene mal. En 1940 estalló en el país el denominado escándalo sobre las ventas de las tierras de El Palomar. Se trataba de unas doscientas hectáreas de las hermanitas Pereyra Iraola vendidas al Colegio Militar. Nada malo en principio, salvo el detalle del precio.
Allí, se montó un negociado que estuvo a punto de costarle la presidencia a Roberto Marcelino Ortiz, negociado que habilitó a un periodista de apellido Torres, muy amigo del gobernador conservador Manuel Fresco -populista, simpatizante del Duce y del Führer-, a calificar con el título de “Década Infame” a los años del régimen gobernante.
El negociado de El Palomar no quedó impune. Se ventiló hasta en los detalles gracias a la labor de una Comisión Investigadora que contaba, entre sus integrantes a Vicente Solano Lima por los conservadores y a Alfredo Palacios por los socialistas.
Algunos zafaron, algunos se escaparon a Uruguay, otros fueron a la cárcel y luego los indultó Perón, pero el dato más elocuente, el dato que le puso la frutilla al postre, fue el suicidio de un diputado radical llamado Víctor Juan Guillot.
Guillot era joven, pero ya contaba con una abnegada militancia en el radicalismo; militancia -por cierto- que incluía la labor parlamentaria, los levantamientos armados contra el régimen conservador, la cárcel como “premio” y la publicación de ensayos, novelas y poemas. Las pruebas en su contra eran concluyentes. Había recibido coimas depositadas en su cuenta por un correligionario.
Nadie podía entender cómo era posible que el “el hombre más honrado y más puro de la política”, como escribiera Elbio Botana, estuviera enchastrado en esa mugre. Después se supo de una amante, de la cual él siempre se negó a dar su nombre. También se supo del imperativo de ayudarla económicamente y de su íntima tragedia moral. Guillot resolvió estos conflictos suicidándose.
Su resolución fue tan elocuente que hasta Alfredo Palacios pronunció palabras compasivas. Guillot cedió a la tentación de corromperse para salvar el honor de una dama (Ana Montenegro, se llamaba, linda, joven y alguna vez fue su alumna en las clases de Literatura), pero pagó su debilidad, la debilidad del entonces escandaloso adulterio, con la vida.
Como el personaje del tango, Guillot podría decir: “Mano a mano hemos quedado”. Así se lo reconocieron sus correligionarios e incluso sus adversarios. Menciono este episodio con la tranquilidad moral de saber que estas tribulaciones éticas jamás van a acongojar, inquietar o quitarle unas horitas de sueño a Manuel Adorni.
Los tiempos en los que los hombres públicos se suicidaban para reparar su honor pertenecen a un irrevocable pasado.
El presidente Milei mientras tanto resuelve todas estos dilemas respaldando sin fisuras a sus ministros y responsabilizando a los periodistas, a los sucios y repugnantes periodistas, merecedores de su odio infinito. En su momento consideró que el noventa y cinco por ciento de los periodistas del país eran basura y excrementos.
La novedad de esta semana es que ese cinco por ciento restante está a punto de ser sumado a la lista de material desechable. La entrevista concedida desde Estados Unidos a dos periodistas que desde que asumió el poder se dedicaron no a hacer buena letra, sino caligrafía con él, permite sospechar que tampoco habrá salvación para ellos, que ellos también arderán en el fuego eterno del infierno libertario.
La única variación en este caso es que los insultos fueron sustituidos por las humillaciones. Hacía tiempo que no presenciaba escenas de impiadosa humillación como la perpetrada por el presidente contra dos periodistas que soportaron el castigo bajando la frente y mascullando palabras de disculpas.
Está visto que a Milei nadie le pone límites. Y dejo abierto a futuro historiadores discurrir si tanto furia, tanto rencor, tanto odio, es el producto de una infancia desdichada, de un desequilibrio emocional manifiesto o de las iras de un padre que, a juzgar por algunas biografías, no le ahorró al hijo ni mamporros ni rebenques.
Como contrapunto a un periodismo cortesano, servil y amanuense, se levanta el nombre de Diego Cabot. He aquí el testimonio de un periodista que honra la profesión que en este país se inició con Mariano Moreno. He aquí, señor Milei, un periodista decente, un periodista valiente, un periodista que hace de su profesión una labor digna.
Cabot investigó, escribió y recurrió a la justicia cuando consideró que era necesario. Cada uno de sus pasos tiene el eco del coraje y la lucidez. Por esas virtudes fue sometido a casi doce horas de tortuoso interrogatorio.
Mientras los responsables de una formidable operativo de saqueo nacional declaran por zoom a Cabot lo sentaron en el banquillo de los acusados y sus inquisidores lo sometieron a un miserable interrogatorio que el periodista respondió con entereza moral, precisión e hidalguía.
En su poema “Los justos”, Jorge Luis Borges habla, retomando una tradición bíblica, de un mundo que se salva por hombres que a través de testimonios le otorgan significado a la existencia. Cabot es uno de esos justos que con su presencia honran a una profesión a la que el señor presidente se queja porque no se la odia demasiado.




