Mi abuelo Augusto era un hombre muy particular. Había llegado de Italia siendo muy niño, y era un aficionado a la lectura. Para nosotros, por aquel entonces, niños de clase media baja, un pasatiempo inentendible. La rareza de sus interminables horas de lectura fue creciendo, cuando ya de grandes comprendimos que la temática que a él tanto lo atrapaba era el espiritismo.



































