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El primer universitario en mi familia

En Argentina, ser el primero en la universidad representa un cambio cultural profundo, donde el conocimiento redefine el destino de familias enteras.

El primer universitario en mi familiaEl primer universitario en mi familia

Martes 16.6.2026
 20:02hs
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Rodrigo Agostini
Por: 
Rodrigo Agostini

"La educación no cambia el mundo: cambia a las personas que van a cambiar el mundo"

Paulo Freire

***

Hubo un tiempo en que decir "mi hijo va a la universidad" no era simplemente una frase. Era casi un acontecimiento doméstico. Algo que se pronunciaba con cuidado, como si ciertas palabras necesitaran apoyarse lentamente sobre la mesa para no romperse.

En muchas familias argentinas de mediados del siglo XX, la universidad no formaba parte del paisaje cotidiano. No aparecía en las conversaciones habituales ni en las proyecciones naturales de futuro.

Era una excepción. Una rareza. Algo que parecía pertenecerles a otros apellidos, a otras ciudades, a otras formas de vida donde los libros ocupaban el lugar que en muchos hogares ocupaban las herramientas de trabajo, los uniformes gastados o las manos endurecidas por jornadas interminables. Y sin embargo ocurrió.

La década del sesenta dejó, entre tantas transformaciones culturales y sociales, una escena que todavía hoy conserva una fuerza enorme: miles de familias vieron llegar a su primer universitario. No era solamente un hijo estudiando una carrera.

Era algo mucho más profundo. Era una familia entera intentando atravesar una frontera que hasta entonces parecía reservada para otros. El primer universitario nunca llega solo. Llega acompañado por años de esfuerzo acumulado que después no aparecen escritos en ningún diploma.

Detrás de ese muchacho que viajaba dos horas para cursar o de esa joven que estudiaba de noche después de trabajar, había padres sosteniendo rutinas agotadoras, madres multiplicando el tiempo para que nada faltara, abuelos que quizás no entendían demasiado qué significaba aquella carrera, pero repetían su nombre con un orgullo difícil de esconder.

Había hermanos compartiendo espacios mínimos, postergando cosas, aprendiendo incluso que el sacrificio también podía tener una forma colectiva. Y había algo más. Había una idea profundamente arraigada en buena parte de la sociedad argentina: la convicción de que el conocimiento podía modificar un destino.

No resolverlo todo. No garantizar la felicidad. Pero sí abrir una puerta distinta. Todavía hoy esa escena continúa existiendo. Cambió el mundo, cambiaron las tecnologías, cambiaron los lenguajes y hasta las formas de estudiar, pero todavía hay hogares donde alguien cruza una puerta que nadie antes había cruzado.

Todavía existen padres mirando a sus hijos universitarios con una mezcla extraña de orgullo y desconcierto, como quien contempla algo que durante años pareció demasiado lejano. Yo fui el primer universitario en mi familia. Y cada vez que escribo esa frase entiendo menos el mérito individual y más todo lo que hubo detrás para que eso pudiera suceder.

El primer universitario nunca llega solo. Llega acompañado por años de esfuerzo y sacrificio familiar acumulado, que después no aparece escrito en ningún diploma o en alguna calificación meramente académica.

Con el tiempo uno comprende que ningún recorrido académico se construye completamente solo. Hay capas enteras de esfuerzo previo sosteniendo cada trayectoria. Hay generaciones que hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían, empujando apenas unos centímetros el horizonte para que otros pudieran caminar un poco más lejos.

Algunos heredan empresas. Otros reciben propiedades, campos o bibliotecas completas. Muchos heredamos algo distinto. La posibilidad. Y a veces la posibilidad vale más que cualquier patrimonio. Durante décadas, especialmente en países como la Argentina, la universidad cumplió una función mucho más profunda que la simple formación profesional.

Claro que formaba médicos, arquitectos, ingenieros o abogados. Pero reducirla únicamente a eso sería no comprender lo que realmente produjo en términos sociales y culturales. La universidad ampliaba mundos posibles y tangibles. Había algo enormemente movilizador en que el hijo de un trabajador pudiera discutir filosofía, historia, literatura, ciencia o política.

No porque eso lo volviera superior a nadie, sino porque modificaba la relación de toda una familia con el conocimiento, con el lenguaje y hasta con la idea misma de futuro. Cuando aparece el primer universitario en una casa, las conversaciones empiezan a cambiar. Empiezan a aparecer otras preguntas alrededor de la mesa. Otras palabras. Otras inquietudes.

De pronto alguien habla de ciudades, de libros, de autores, de teorías, de proyectos, de viajes o de investigaciones en hogares donde quizás durante décadas la preocupación principal había sido simplemente llegar a fin de mes. Y eso transforma mucho más de lo que parece. El verdadero impacto de la educación rara vez ocurre solamente dentro del aula.

El problema es que en algún momento empezamos a pedirle a la educación la misma velocidad que antes solamente se les exigía a las máquinas. Todo comenzó a medirse según su utilidad inmediata. La pregunta dejó de ser qué clase de persona podía formar una carrera y pasó a ser cuánto dinero produciría en el menor tiempo posible.

Como si el valor de estudiar pudiera resumirse únicamente en una ecuación económica o en una proyección salarial. Y ahí empezó a deteriorarse algo importante. No el conocimiento. La relación cultural con el conocimiento. La universidad nunca fue solamente una herramienta para conseguir trabajo.

También era un espacio donde alguien aprendía a pensar con mayor profundidad, a convivir con la duda, a construir argumentos, a escuchar ideas distintas y a descubrir que el mundo es infinitamente más complejo que cualquier consigna rápida o cualquier explicación simplificada.

Quizás por eso ser docente universitario hoy implica vivir una tensión muy particular. Muchos seguimos creyendo profundamente en el valor transformador de la educación mientras observamos, al mismo tiempo, una sociedad cada vez más acelerada, más dispersa y más agotada emocionalmente. Y no lo digo desde la nostalgia ni desde la queja fácil.

Lo digo desde cierta preocupación genuina por la dificultad creciente de sostener espacios donde el pensamiento necesite tiempo para desarrollarse. Porque educar requiere tiempo. Aprender requiere tiempo. Madurar intelectualmente requiere tiempo.

Sin embargo, vivimos en una época donde la velocidad empezó a confundirse con inteligencia y donde la ansiedad de resultados inmediatos invade incluso los procesos que, por naturaleza, necesitan años de construcción. Y aun así, cada mañana, miles de docentes vuelven a entrar a un aula. Eso también merece ser pensado.

Enseñar implica mucho más que transmitir contenidos. Implica sostener atención en medio de una cultura fragmentada. Implica competir contra estímulos permanentes. Implica contener, acompañar, actualizarse, investigar, producir académicamente y, al mismo tiempo, seguir creyendo que una clase todavía puede modificar una vida.

Y quienes venimos de familias donde nadie antes había llegado a la universidad quizás entendemos ese peso de otra manera. Todavía recuerdo profesores que probablemente jamás imaginaron la dimensión real que tuvieron algunas palabras dichas durante una corrección, en un taller o incluso en un pasillo cualquiera.

Hay clases que tardan años en desplegar todo su efecto. Hay ideas que recién florecen décadas después. La educación trabaja muchas veces de esa manera: lentamente, acumulativamente, dejando marcas que no siempre se ven de inmediato.

Quizás por eso nunca termino de sentirme cómodo cuando la universidad queda reducida a discusiones burocráticas, estadísticas o simplificaciones apresuradas. Porque detrás de cada egresado suele existir mucho más que una trayectoria académica.

Existen cansancios heredados, esfuerzos compartidos, renuncias pequeñas que nadie registra y familias enteras apostando, aun sin garantías, a que el conocimiento pudiera abrir una vida diferente.

Y sí, claro que la universidad necesita revisarse, modernizarse y discutir muchos de sus límites. Toda institución viva debe hacerlo. Pero una cosa es revisar críticamente una institución. Y otra muy distinta es vaciarla de sentido. Porque cuando una sociedad empieza a perder el respeto por el conocimiento, lentamente también empieza a deteriorarse su capacidad de imaginar futuro.

Y quizás allí aparezca uno de los problemas más profundos de esta época. No solamente la crisis económica. La dificultad creciente de proyectarse a largo plazo. Hay generaciones enteras que empiezan a sentir que todo debe resolverse rápido, que todo esfuerzo necesita recompensa inmediata y que todo proceso lento carece de valor.

Y en medio de esa lógica, la universidad sigue siendo uno de los pocos lugares donde todavía se trabaja sobre tiempos largos. Estudiar una carrera no consiste solamente en acumular información. Consiste también en aprender a permanecer.

Aprender a atravesar frustraciones. Aprender que algunos conocimientos requieren años de maduración. Aprender incluso que entender verdaderamente algo puede llevar media vida. Tal vez por eso sigo creyendo profundamente en la educación. No desde el discurso vacío.

No desde una defensa ingenua. Sino desde la experiencia concreta de haber visto cómo una universidad puede modificar la historia de una familia entera. Porque a veces el título más importante no es arquitecto, médico, abogado o ingeniero.

A veces el título más importante es otro. "El primero". El primer universitario. Porque detrás de esas palabras no hay solamente una trayectoria académica. Hay generaciones enteras sosteniendo el peso de una época para que alguien, alguna vez, pudiera caminar unos metros más allá.

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