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Santa Rosa y el tiempo perdido

La nostalgia es memoria y algo más que memoria. Estamos hechos de pasado. El pasado es el tesoro más personal que disponemos. Es único, exclusivo. Sin ese pasado no seríamos nada; sin esa memoria no habría identidad, solo presente absoluto.

Santa Rosa y el tiempo perdidoSanta Rosa y el tiempo perdido

Jueves 14.10.2021
 15:59hs
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Rogelio Alaniz
Por: 
Rogelio Alaniz

I

¿Qué significa retornar al lugar donde uno vivió algunos meses? ¿Qué significa hacerlo después de cincuenta y cinco años de ausencia, algo así como medio siglo para ser más eficaz con la imagen? La nostalgia es un sentimiento poderoso. La nostalgia es memoria y algo más que memoria. Estamos hechos de pasado. El pasado es el tesoro más personal que disponemos. Para bien o para mal es único, exclusivo. Sin ese pasado no seríamos nada; sin esa memoria no habría identidad, solo presente absoluto. Pero volvamos al relato. Viajo desde Santa Fe a La Cumbre. A la altura de Río Primero, unos metros antes de un puente ferroviario hay un letrero que dice: "Santa Rosa: 30 kilómetros". No lo tenía previsto, no lo había planificado, pero vi el letrero y doblé a la derecha. ¿Inspiración, iluminación? Vaya uno a saberlo. Es un martes, cerca del mediodía. Sol y cielo despejado. Después de cincuenta y cinco años de ausencia decido retornar al pueblo en donde estudié siete meses. Entonces tenía quince años; me faltaban tres meses para cumplir dieciséis. No era un niño, pero tampoco era lo que se dice un hombre. Los primeros pasos de esa transición la hice en ese pueblo de Córdoba en donde mi tía era la partera del hospital y había aceptado (audacia bizarra) ser mi tutora. Llegué a Santa Rosa con 15 años y ahora regreso con 71. Antes me esperaba mi tía; ahora no me espera nadie. Pero yo necesitaba volver. ¿A qué? No lo sé.

II

Santa Rosa es un pueblo con historia, con presente y con futuro. Cuando llegué en 1966 sus calles eran de arena; ahora están todas asfaltadas. En medio siglo el pueblo ha cambiado, pero no bien se presta atención a sus trazos, a sus líneas y en particular a sus tonos, se descubre que sigue siendo el mismo. Es la impresión que tuve esa siesta del martes cuando me alojé en un hotel a un par de cuadras de la plaza. Todos cambiamos en el contexto de una permanencia. Los pueblos también. El placer de caminar por calles que uno recorrió en otros tiempos y con otra edad. El placer de hacerlo desde el más absoluto anonimato. El placer de descubrir lugares que se mantienen intactos: el bar frente a la plaza donde aprendí a jugar al billar y donde nos reuníamos con amigos a compartir un café o una cerveza; ese banco de la plaza cuando compartí un beso con una chica de ojos claros y cabellos castaños; el club en el que se celebraban los bailes de los sábados a la noche; el edificio solemne y austero de la iglesia y el recuerdo de las procesiones que, si la memoria no me engaña, se celebraban en la última semana de agosto. Sí, seguía siendo mi pueblo. Camino por la plaza. Me cruzo con muchachos, con chicas que ignoran que ese hombre mayor y desconocido hace muchos años caminó bajo el mismo cielo y la misma sombra de los árboles con ese aire entre asombrado y desafiante que suele distinguir a los adolescentes. En Santa Rosa hay un hospital y en frente del hospital una casa modesta. Esa fue mi casa durante siete meses. Desde allí, todas las mañanas, de lunes a viernes, salía bien peinado y con cara de haber dormido poco, rumbo al colegio. Cuatro o cinco cuadras que las recorría caminando siempre de traje y corbata, como se acostumbraba entonces. Me detengo frente al colegio y tomo unas fotos. Está igual. La memoria improvisa escenas de muchachos y chicas que conversamos en la puerta. Hay risas, voces, rumores. Están Hugo, Susana, María, Aldo. La memoria produce algo así como un flashback y el pasado irrumpe en el presente. Marcel Proust está en lo cierto.

III

Siete meses estuve en Santa Rosa y exageraría si dijera que a esos días los recuerdo uno por uno, pero hay escenas, situaciones, momentos que me acompañarán siempre. La diferencia entre el tiempo cronológico y el tiempo emocional o el tiempo perdido. Pienso en los últimos siete meses de mi vida, desde marzo a octubre de 2021. Y a lo sumo puedo incluir un par de anécdotas y un par de circunstancias. No mucho más. Pero esos siete meses de 1966 en Santa Rosa poseen la intensidad del mito y cada minuto, cada hora importa. En esos meses descubrí lo bueno, lo malo y lo feo. Aprendí a fumar; aprendí a bailar; aprendí a jugar al billar y a la loba; aprendí a emborracharme; aprendí a pelear y aprendí a besar a una mujer. Tenía quince años y era irresponsable, generoso, egoísta, atrevido, insolente y tonto. Todo junto. Equivocado o no, todos los días descubría algo. Vivir era muy importante. Lo más importante. Era un desastre, pero era mi desastre. Y ya sabemos que a veces los desastres enseñan y enseñan mucho. Frente de la plaza, casi en la esquina, había una biblioteca. En esa biblioteca descubrí a Kafka, a Poe, a Tolstoi, a Dickens, a Arlt y a los Hombrecitos y las Mujercitas de Louise M. Alcott. ¿Cómo compaginaba mi desorden emocional, mi afición al juego, al tabaco y al vino, con mis quince años y las lecturas de Kafka y Poe? No lo sé, pero a mi manera me las ingeniaba para hacerlo. La adolescencia es un misterio, una maravilla y a veces una fatalidad y una desgracia. De esa fuente probé todos los sabores.

IV

En una farmacia pregunto por quien alguna vez fuera mi amigo: Fito Aceto. El que me atiende, oh casualidad de los dioses, es su sobrino. Le doy mi teléfono para que se lo pase a su tío. Media hora después Fito me llama. Nos encontramos en la plaza, frente a la confitería El Cairo. Por supuesto que hemos cambiado, pero a los pocos minutos de hablar volvemos a ser los mismos. Fito y Tato (ese fue mi apodo en Santa Rosa). Volvemos a conversar con el mismo tono y entusiasmo con que conversábamos cuando apenas éramos unos adolescentes. Ahora somos dos jubilados venerables. Y sin embargo -y esto es asombroso- recordamos aquellos días de 1966, cuando la Argentina fue descalificada del mundial de Inglaterra y Onganía derrocó a Illia. Conversamos de amigos comunes; de profesores que están y no están; de novias que se perdieron en la distancia. Hablamos. Dos hombres mayores que evocan su adolescencia. Lo único que nos une. Desde 1966 a la fecha a todos nos pasaron cosas. Estudiamos, trabajamos, nos casamos, tuvimos hijos y nietos. Pero el único lazo que nos une son aquellos meses de 1966 cuando el pasado casi no existía y el futuro estaba todo por delante.

V

Estuve un día en Santa Rosa. No sé si alguna vez volveré. Es muy probable que lo mío haya sido más una despedida que un retorno. Esa noche compartimos con Fito una cena en un restaurant sobre la ruta; y después unos Fernet en un bar. Nunca dejamos de hablar. Y hasta incursionamos en el terreno escabroso de la política. Fito es peronista y yo, como es sabido, no lo soy. Pero cuando nos conocimos en 1966, la política era algo lejano, y entonces jamás se nos hubiera ocurrido que esa palabra pudiera separarnos. Ahora hacemos esfuerzos para que esto no ocurra. Le digo que si regresé después de medio siglo, no fue para hablar de Cristina o Mauricio, de Alberto o María Eugenia. No sé si con Fito alguna vez nos volveremos a ver, pero si esto ocurriera, a los dos nos queda claro que nuestra amistad está forjada por hilos más antiguos y consistentes que los tejidos por la política. Charlas sostenidas a la hora de la siesta o a la caída de la tarde, momentos compartidos alrededor de una copa, caminatas por esas calles de arena iluminadas por melancólicos faroles conversando acerca del asombro de vivir, tejen un universo íntimo que no puede ni debe ser violado por las pasiones de la política. Me fui de Santa Rosa a primera hora del miércoles. Antes, pasé por el viejo colegio para recorrer las galerías y las aulas. Dios mío: todo está igual: el patio, el árbol frondoso donde nos reuníamos en los recreos. Firmo un libro de honor y a mis amables interlocutoras trato de explicarles que si bien ese colegio, El Salvador se llama, no puede decir que fui su mejor alumno, yo sí puedo decir que mi sensibilidad y mi inteligencia percibieron en esos meses imágenes que me acompañaron para siempre. No sé, ni se me ocurre, que pueda haber mejor evaluación de un alumno para su colegio. Raro. El Salvador es un colegio religioso y yo nunca fui religioso. Y sin embargo, aquello que constituye mi eternidad está modelada en algunas de sus líneas centrales por esos siete meses que viví en ese colegio y en ese pueblo.

La nostalgia es memoria y algo más que memoria. Estamos hechos de pasado. El pasado es el tesoro más personal que disponemos. Es único, exclusivo. Sin ese pasado no seríamos nada; sin esa memoria no habría identidad, solo presente absoluto.

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