Vivimos en una época extraña. Nunca hablamos tanto de aceptación corporal y, sin embargo, nunca hubo tantas personas convencidas de que su cuerpo está mal.

Vivimos en una época extraña. Nunca hablamos tanto de aceptación corporal y, sin embargo, nunca hubo tantas personas convencidas de que su cuerpo está mal.
La balanza pasó a ser un juez. El espejo, un enemigo. Y las redes sociales terminaron de instalar la idea de que siempre existe una versión mejor de nosotros mismos esperando unos kilos menos.
Pero los trastornos de la conducta alimentaria no empiezan con la comida.
Empiezan cuando una persona deja de medir su bienestar y comienza a medirse a sí misma por el tamaño de su cuerpo. Cuando cree que vale más si pesa menos. Cuando el hambre, la culpa y el miedo ocupan un lugar mucho más grande que cualquier plato.
La anorexia nerviosa, la bulimia y el trastorno por atracón son enfermedades psiquiátricas. No son una elección, un capricho ni una falta de voluntad. Son patologías complejas donde intervienen factores biológicos, psicológicos, familiares y sociales. Nadie decide enfermarse porque quiere estar flaco.
Uno de los aspectos más difíciles de comprender es la alteración de la imagen corporal. La persona puede estar extremadamente delgada y seguir viéndose con sobrepeso. No está exagerando. No está mintiendo. Su cerebro interpreta la realidad de una manera diferente. Y mientras todos le dicen "estás muy flaca", ella sigue viendo algo que necesita corregir.
Esa es la tragedia de estos trastornos: el espejo deja de decir la verdad.
En los últimos años apareció un protagonista nuevo. Las redes sociales ya no solo muestran cuerpos ideales; también convierten la obsesión en virtud. Contar calorías, entrenar hasta el agotamiento, eliminar grupos enteros de alimentos o vivir pendiente de cada foto muchas veces se presenta como un estilo de vida saludable, cuando en realidad puede esconder un enorme sufrimiento.
Como psiquiatra, hay una escena que se repite con demasiada frecuencia. Padres preocupados porque su hija "come raro". Adolescentes que llegan convencidas de que todavía les falta bajar unos kilos cuando el problema hace tiempo dejó de estar en el cuerpo. Y adultos que descubren, muchos años después, que pasaron media vida peleándose con el espejo.
No toda dieta es un trastorno alimentario. No toda persona delgada está enferma. Pero cuando la comida organiza la vida, cuando cada comida genera angustia, cuando el ejercicio deja de ser disfrute para convertirse en castigo o cuando el peso define el estado de ánimo del día, ya no estamos hablando de estética. Estamos hablando de salud mental.
Quizás también debamos revisar algunos hábitos que parecen inofensivos. Elogiar automáticamente a alguien porque adelgazó. Opinar sobre cuerpos ajenos. Decirle a un adolescente que "así está más lindo". Son frases naturalizadas que, en personas vulnerables, pueden reforzar una enfermedad silenciosa.
El objetivo nunca debería ser alcanzar un cuerpo perfecto. Debería ser vivir en un cuerpo que no necesitemos odiar para sentir que valemos.
Porque cuando una persona deja de comer para intentar quererse un poco más, el problema nunca fue la comida.
Para conocer más -Instagram:@veroprendes





Quini 6: estos son los números ganadores
Una mujer cayó de un 3er piso y salvó su vida de manera casi milagrosa
Mataron a un joven de 18 años durante una gresca con disparos en el norte de Santa Fe
Por la “Scaloneta” se podría parar el fútbol: Colón no jugaría
¿Messi? ¿Julián? En Colón se gritan los goles de Lago y Bonansea