En un mundo hiperconectado y saturado de información, el doomscrolling se convirtió en una práctica habitual: recorrer sin descanso noticias en redes sociales y portales, generando consecuencias directas en la salud mental y el bienestar emocional.
Consumir noticias y videos sin parar se volvió un hábito común que afecta el ánimo, el sueño y la salud mental sin que lo notemos.

En un mundo hiperconectado y saturado de información, el doomscrolling se convirtió en una práctica habitual: recorrer sin descanso noticias en redes sociales y portales, generando consecuencias directas en la salud mental y el bienestar emocional.
El término surge de la combinación de doom (fatalidad) y scrolling (desplazarse en pantalla), y hace referencia al hábito de consumir de manera compulsiva contenido negativo. Esta conducta se intensificó durante la pandemia de COVID‑19, cuando muchas personas comenzaron a buscar constantemente actualizaciones sobre contagios, muertes y restricciones.
Si bien el contexto cambió, el patrón persiste y se amplió a otros temas como crisis económicas, conflictos internacionales y catástrofes climáticas.
Lejos de ser una simple costumbre, el doomscrolling se comporta como una adicción. Las plataformas digitales, mediante algoritmos que priorizan el contenido más llamativo o alarmante, fomentan que los usuarios pasen cada vez más tiempo expuestos a información perturbadora.
Neuropsicólogos advierten que este ciclo constante puede tener efectos nocivos: desde ansiedad y estrés crónico, hasta alteraciones del sueño y fatiga emocional. A nivel cerebral, se refuerzan los circuitos relacionados con la atención a estímulos negativos, lo cual puede intensificar pensamientos pesimistas, desesperanza e irritabilidad.
Diversos especialistas coinciden en que el doomscrolling activa el sistema de alerta del organismo. La exposición repetida a noticias negativas genera la liberación de cortisol y adrenalina, hormonas relacionadas con el estrés. Esto no solo afecta el estado de ánimo, sino también el sistema inmunológico, el descanso nocturno y la capacidad de concentración.
Además, muchos usuarios terminan asociando la conexión a internet con emociones desagradables, aunque repitan el hábito día tras día. Esto provoca una desconexión emocional, una especie de anestesia mental frente al dolor ajeno, que deteriora la empatía y genera agotamiento psicológico.
Aunque se trata de un hábito profundamente arraigado, existen estrategias para mitigarlo:
Los profesionales de la salud mental también recomiendan estar atentos a cómo nos sentimos luego de consumir determinado tipo de contenido. Si se detectan signos de angustia, irritabilidad o fatiga, es momento de revisar el vínculo con la información digital.
El doomscrolling es una práctica cada vez más frecuente, pero no inevitable. Reconocer cómo nos afecta y asumir una actitud crítica frente al consumo de información puede ser el primer paso hacia una relación más saludable con el mundo digital. En tiempos donde las malas noticias sobran, aprender a proteger la mente se vuelve un acto de autocuidado esencial.




