I
En un país de impredecibles cambios, la habilidad de los hermanos Milei para adaptarse a la opinión pública se convierte en un activo político invaluable.

I
Desde el más estricto realismo político, hay que admitir que la elección de Diego Santilli como jefe de Gabinete, es decir como sucesor de Manuel Adorni y titular de la más alta investidura institucional de la república después del presidente, es uno de los aciertos políticos más significativos del gobierno de Javier Milei.
Un gobierno, dicho sea de paso, que despide al reemplazado como a un héroe nacional y no vacila en ponderar las virtudes de sus guerreros libertarios dedicados a la denominada revolución cultural. Es decir, al giro de una sociedad hacia los valores rancios de la ultraderecha,
Una ultraderecha cuyas expresiones más significativas son, entre otros, Nicolás Márquez, Agustín Laje, el opíparo Gordo Dan y, en primer lugar, el propio presidente de la nación, quien no vacila cuando la ocasión se presenta en manifestar su admiración por sus colegas de ultraderecha que pululan en el mundo.
Esos referentes, al estilo Viktor Orbán, Santiago Abascal, Abelardo de la Espriella o Jair Bolsonaro, tienen como una de sus últimas adquisiciones y estrellas relevantes a la señora Keiko Fujimori, digna hija del padre.
Nobleza obliga, admitamos que Javier Milei y su hermana Karina han demostrado una inusitada plasticidad para acomodarse a los imperativos de la política y los humores de la opinión pública, habilidad que les permite tomar decisiones que seguramente contradicen sus principios íntimos más arraigados.
II
Manuel Adorni no abandonó el poder por decisión de los hermanitos Milei, sino porque para el gobierno la situación política se le hacía insostenible. La política suele complacerse con urdir paradojas.
Un funcionario condenado por la opinión pública como Adorni deja el poder y en su lugar lo reemplaza un político como Santilli que, para bien o para mal, ha reunido a lo largo de una carrera política distinguida por un instinto infalible para adecuarse a las nuevas circunstancias, todas las virtudes y defectos que en tiempos no tan lejanos el propio Milei calificaba como "casta".
Santilli es el político profesional por excelencia, aunque conviene advertir que en esa profesionalización no todos disponen de las mismas virtudes cívicas. La observación es pertinente porque como en su momento dijera un reconocido analista político, Santilli tendría dificultades mayores que las que se le presentaron a Adorni para justificar el origen de su fortuna.
Que nadie se alarme. El proverbial "Colorado" no deberá, por lo menos por el momento, dar explicaciones sobre las riquezas ganadas. Los tiempos que lo aguardan serán tiempos que requerirán de él lo que pareciera que es lo que mejor sabe hacer.
Rosquear, prometer, sonreír, decirle a cada interlocutor lo que le interesa escuchar y, aunque no lo diga, hacer en el campo de las relaciones públicas exactamente lo contrario de lo que hace y predica su jefe. ¿Cómo hará el gobierno para convivir con esa contradicción? No lo sé. Tampoco sé si es una contradicción tan importante.
III
Convengamos que este generoso juego político disponible a favor del gobierno es posible practicarlo en primer lugar porque, se diga lo que se diga, el país dispone de una situación económica y social controlable. Obsérvese que no digo ni brillante ni buena… controlable.
Esto quiere decir que las variables de gobernabilidad están más o menos aseguradas y en ese contexto si, por ejemplo, mañana se convocara a elecciones a nadie debería sorprenderle que Milei sea reelecto. Reelecto en primera o segunda vuelta, lo mismo da.
Claro, como para las elecciones falta más o menos un año, y vivimos en un país que se llama Argentina, es un ejercicio vano intentar formular predicciones que para su realización dependen de innumerables imponderables políticos.
Entre otros, las propias variables de la economía, variables que si bien el gobierno no se cansa de repetir que están sólidamente instaladas, los que tenemos algunos años en este oficio de seguir de cerca los acontecimientos políticos y conocer nuestra historia contemporánea, sospechamos que no es así o, por lo menos, no es tan así.
IV
El otro factor que juega a favor del gobierno, y en más de una circunstancia juega de manera decisiva, es el peronismo. Cada vez que Máximo abre la boca o que se conocen las truculencias de Martín Insaurralde o los llamados "Caciques del Conurbano", o detalles del saqueo perpetrado por los Kirchner, las posiciones de Milei se fortalecen.
Juro no tener nada en contra de Axel Kicillof, pero no necesito ser un analista sutil para advertir que por el momento para presidente no tiene uñas de guitarrero. En el horizonte populista lo que se distingue es la soledad, apenas contaminada por dirigentes de segunda o tercera línea a los que les falta mucho, demasiado, para ser opciones presidenciales.
Y por el lado de la UCR el panorama es también desalentador. Dos son los problemas que se le presentan a los radicales. El primero, es que sus votantes históricos creen o siguen creyendo en Milei, lo cual coloca en una situación incómoda a dirigentes que por principios deberían ser opositores.
El segundo, es que muchos de sus dirigentes, y en particular más de la mitad de sus gobernadores, por atendibles razones de presupuesto, están más o menos atados al presidente; aunque hay razones para sospechar que algunos de esos gobernadores y legisladores están demasiado cómodos al lado de Milei. Nada para sorprenderse.
Acercarse al calor del poder ha sido siempre una tentación fuerte en los avatares de la política, pero conviene advertir que además del confort que esa posición prodiga, sería bueno recordar que las enseñanzas de la historia verifican que esa cercanía al calor de un poder ajeno ha consumido a dirigentes como leña seca.
Es decir los ha devorado o los ha reducido a cenizas ante los ojos desencantados de quienes en algún momento creyeron en ellos.
V
Como la política exige someterse a los imperativos de "los aquí y ahora", admitamos que la posición del gobierno en el poder es sólida y hacia el futuro le aguardan no sé si nuevos éxitos pero posibilidades reales de gobernabilidad con reelección incluida.
La propia fragmentación y visible impotencia de la oposición dan cuenta de que, para bien o para mal, este tiempo histórico le pertenece a La Libertad Avanza (LLA). Digamos que son ciclos, períodos, que pueden durar más o menos tiempo, que pueden provocar cambios o calamidades trascendentes, y sobre los cuales la única certeza que disponemos es que no son eternos.
En jerga futbolera, hoy el equipo de LLA es el que dispone de mejores condiciones para ganar y quedarse con la copa.
Es un equipo con jugadores propios y jugadores adquiridos que no se sabe bien si se dejaron comprar, si traspiran los colores de la nueva camiseta, pero de lo que estamos seguros es que les gusta ganar, les gusta que les paguen bien y, si las circunstancias se ponen complicadas, no vacilan en cambiar de equipo.
En lo personal, confieso que no se bien lo que quiero políticamente hablando, pero estoy persuadido de que el equipo ganador de LLA no me representa y jamás me sumaría a su hinchada porque encabeza la tabla de posiciones. A lo largo de mi vida cívica me jacto de no haber votado peronistas y, hasta la fecha, no haberlo votado a Milei.
No lo voté ni lo votaría. Y para aquellos que me imputan que me dejo dominar por mis prejuicios, les respondo que a mi edad ese es uno de los pocos lujos que puedo permitirme. Como ciudadano no le temo a la soledad. Mis grandes maestros, Henry Thoreau, Arthur Schopenhauer y Albert Camus, la recomendaban. Walt Whitman decía que la soledad habilita contener multitudes.
En todos los casos, y en política en particular, la soledad es una de las pruebas de fortaleza espiritual que en ciertas coyunturas debe aprender a sobrellevar el político de raza.





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