Quien escribe estas letras no está exento, ni mucho menos, de una actitud arrogante. Pese a que intenta librarse de ella, suele sucumbir ante su maleficio. Creí, tan firme como equivocado, que estaba preparado para dar respuesta a todos los planteos que se me hicieran en relación a los temas que se abordan en esta columna. Pero me equivoqué, nuevamente me equivoqué.



































