Hay momentos de la vida en los que una pregunta empieza a aparecer con más fuerza: ¿cuánto de lo que hago lo elijo realmente y cuánto lo hago para no decepcionar a los demás? Aceptar una invitación que no queremos, asumir una tarea porque nos cuesta negarnos o sostener vínculos únicamente por miedo a generar un conflicto puede convertirse en una forma cotidiana de dejar nuestras propias necesidades para después.


































