Cada vez son más los padres que enfrentan una escena cotidiana: pedirle a un hijo que deje el celular para comer, hacer la tarea o ir a dormir puede convertirse en una discusión.
La periodista científica y antropóloga Michaeleen Doucleff sostiene que las aplicaciones y las redes sociales están diseñadas para captar la atención del cerebro de una forma similar a los alimentos ultraprocesados. Qué pueden hacer las familias para recuperar el equilibrio sin prohibiciones extremas.

Cada vez son más los padres que enfrentan una escena cotidiana: pedirle a un hijo que deje el celular para comer, hacer la tarea o ir a dormir puede convertirse en una discusión.
Lejos de atribuir el problema únicamente a una falta de límites o de voluntad, distintos especialistas advierten que las plataformas digitales están diseñadas para mantener la atención de los usuarios el mayor tiempo posible.
Esa es la idea que desarrolla la periodista científica y antropóloga estadounidense Michaeleen Doucleff, quien compara el funcionamiento de las pantallas con el de los alimentos ultraprocesados: ambos activan mecanismos cerebrales que generan deseo y hacen difícil detenerse.
La reflexión forma parte de una entrevista publicada por el diario español La Voz de Galicia, en la que analiza cómo la tecnología influye en la crianza y propone estrategias para que las familias recuperen hábitos más saludables.
Doucleff sostiene que la dificultad para despegarse del celular no responde únicamente a una cuestión de disciplina personal. Según explica, las aplicaciones, los videojuegos y las redes sociales son desarrollados para estimular continuamente los circuitos de recompensa del cerebro.
Las notificaciones, el desplazamiento infinito de contenidos, los videos cortos y los sistemas de recompensas variables mantienen al usuario pendiente de la próxima novedad. Esa lógica, señala, es similar a la utilizada por la industria de los alimentos ultraprocesados, que combina ingredientes, sabores y texturas para incentivar el consumo repetido.
La comparación no implica que un teléfono sea equivalente a un alimento, sino que ambos productos son diseñados con un objetivo común: captar la atención y favorecer que las personas quieran seguir consumiéndolos.
Diversas investigaciones en neurociencias respaldan esta idea al mostrar que determinadas experiencias digitales activan circuitos relacionados con la liberación de dopamina, un neurotransmisor vinculado con la motivación, el aprendizaje y la búsqueda de recompensas.
Esto no significa que el uso de pantallas genere una adicción en todos los casos, pero sí ayuda a comprender por qué muchas personas, especialmente niños y adolescentes, encuentran difícil interrumpir una actividad digital.
Doucleff también plantea que el problema no radica únicamente en el tiempo frente a una pantalla, sino en lo que esa actividad reemplaza. Cuando el entretenimiento digital desplaza el juego libre, la actividad física, las conversaciones familiares o el descanso, comienzan a aparecer consecuencias sobre el desarrollo emocional y social.
Organismos como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Academia Americana de Pediatría coinciden en recomendar un uso equilibrado de las pantallas, especialmente durante la infancia, priorizando el sueño, la actividad física y las experiencias compartidas en familia.
La especialista propone dejar de pensar el problema únicamente desde la prohibición y concentrarse en construir entornos que faciliten hábitos más saludables.
Una de las principales recomendaciones es que los adultos revisen también su propia relación con la tecnología. Los niños aprenden observando, por lo que resulta difícil pedirles que limiten el uso del celular si ven que los mayores lo consultan de manera permanente.
Otra estrategia consiste en establecer momentos del día libres de pantallas. Las comidas familiares, el tiempo previo a dormir y algunos espacios de recreación pueden convertirse en oportunidades para fortalecer el diálogo y la convivencia.
También resulta útil ofrecer alternativas atractivas. Salidas al aire libre, juegos de mesa, actividades deportivas, lectura o tareas compartidas dentro del hogar ayudan a que el celular deje de ser la única fuente de entretenimiento.
Los especialistas sugieren incorporar hábitos sencillos que pueden marcar una diferencia:
Definir horarios para el uso de celulares, tablets y videojuegos.
Evitar pantallas durante las comidas.
No utilizar dispositivos electrónicos en la habitación durante la noche.
Promover actividades físicas y recreativas todos los días.
Conversar con los chicos sobre cómo funcionan las redes sociales y por qué buscan captar su atención.
Dar el ejemplo como adultos, limitando el uso innecesario del teléfono.
Doucleff destaca que el objetivo no debería ser eliminar completamente la tecnología, sino aprender a utilizarla de manera consciente y equilibrada. En un contexto donde los dispositivos forman parte de la vida cotidiana, la educación digital adquiere un papel tan importante como la alimentación saludable o la actividad física.
Los especialistas coinciden en que pequeños cambios sostenidos suelen resultar más efectivos que las prohibiciones repentinas. Reducir gradualmente el tiempo de pantalla, establecer rutinas claras y recuperar espacios de encuentro familiar puede ayudar a disminuir los conflictos cotidianos y favorecer un desarrollo más saludable.





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