"No entiendes. Podría haber tenido clase. Podría haber sido un boxeador. Podría haber sido alguien, en vez de un vagabundo, que es lo que soy, somos sinceros".
La historia está marcada por una paradoja fascinante: fue dirigida por Elia Kazan poco después de delatar a colegas ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses.

"No entiendes. Podría haber tenido clase. Podría haber sido un boxeador. Podría haber sido alguien, en vez de un vagabundo, que es lo que soy, somos sinceros".
En 1954, Marlon Brando tenía 30 años y era la figura más disruptiva del cine norteamericano. Tres años antes, su Stanley Kowalski en "Un tranvía llamado Deseo" había cambiado por completo la actuación clásica de Hollywood.
La modificación estructural era ir del estilo de, por ejemplo, un Cary Grant (basado en el puro carisma) a una actuación mucho más comprometida con los personajes, sus dilemas y su subjetividad, teñida por el contexto.
Brando había aprendido con Lee Strasberg (que todos conocen por encarnar al viejito Hyman Roth en "El padrino 2") el "método", la técnica derivada de Stanislavski que exige habitar al personaje desde adentro, y lo aplicaba con una naturalidad desconcertante. La cámara lo amaba.
Cuando Elia Kazan lo convocó para "Nido de ratas" (On the Waterfront) era la segunda vez que trabajaban juntos. La primera había sido precisamente "Un tranvía llamado Deseo".
La película, que rodaron en los muelles de Nueva Jersey y que ahora se puede ver en Netflix, ganaría ocho premios Oscar al año siguiente y quedaría entre las grandes obras del cine más inteligentemente resueltas de todo el siglo XX.
Y la frase que pronunció en el asiento trasero de un taxi (que, curiosamente, tiene una cortina y que usamos para abrir esta nota), se convertiría en una de las más citadas de la historia.
El guión de Budd Schulberg partió de una serie de artículos publicados en 1948 sobre la violencia y la extorsión en los sindicatos portuarios de la costa este. Pero la película nunca fue un "docudrama".
Desde su primera escena, donde un hombre es arrojado desde una azotea por haber violado "la ley del silencio" del puerto, Kazan establece las coordenadas de un relato moral. Es que hablar tiene un costo, pero callar también.
Terry Malloy, el boxeador fracasado interpretado por Brando, es la encarnación de ese dilema. Trabaja para Johnny Friendly, el jefe mafioso que controla el puerto. Es cómplice, hasta que conoce a Edie Doyle, la hermana de una de las víctimas del sindicato, y algo en él empieza a cambiar.
En 1951, Brando ya había demostrado que la actuación cinematográfica podía ser otra cosa. Pero en "Nido de ratas" llegó al milagro: construyó a Terry Malloy con una mezcla de rudeza y ternura que todavía asombra. Es increíble ver como pierde toda su dureza cuando mira a Edie.
Hay una historia extra fílmica que enriquece al film. En 1952, dos años antes de que se estrenara "Nido de ratas", Elia Kazan había comparecido ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses y entregado los nombres de ocho colegas a quienes identificó como miembros del Partido Comunista.
El escándalo lo perseguiría hasta su muerte y más allá: cuando en 1999 la Academia de Hollywood le otorgó un Oscar honorífico, varios asistentes se negaron a aplaudir.
La paradoja es gigante: el hombre que había delatado a sus camaradas dirigió una película sobre un hombre que lucha contra el estigma de ser un delator y termina denunciando la corrupción que lo rodea.
Junto a Brando, el reparto de "Nido de ratas" es una clase magistral de actuación del método. Karl Malden como el padre Barry, el cura que convierte el muelle en púlpito para denunciar la injusticia. Lee J. Cobb como Friendly, un villano sindical que rezuma violencia contenida.
También está Eva Marie Saint (en su debut cinematográfico) que aporta una fragilidad que no excluye la determinación. Y Rod Steiger como Charley, el hermano que eligió al crimen sobre la sangre, y que paga esa elección con la vida.
Setenta años después, sigue siendo una de las películas más estudiadas del siglo XX. El dilema que plantea la película es insoluble porque es genuino. ¿Puede una obra de arte ser grande si nace de un acto moralmente cuestionable? ¿El valor estético redime al creador de sus elecciones? No hay respuestas claras.