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Crónica política

Cincuenta años: hora de dar vuelta la página

La dictadura militar argentina, respaldada por sectores conservadores, prometió orden y seguridad, pero su legado fue de represión y corrupción generalizada.

Cincuenta años: hora de dar vuelta la páginaCincuenta años: hora de dar vuelta la página

Martes 24.3.2026
 20:50
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Rogelio Alaniz
Por: 
Rogelio Alaniz

I

En 1976 un gobierno peronista presidido por una mujer incompetente, cuya manifestación política más visible fue asistir a una misa en homenaje a Francisco Franco, fue derrocado por militares que desde 1930 se consideraban la reserva moral de la nación. Se dice que el gobierno de Isabel Perón era indefendible, pero si hubiera existido un mínimo de vocación democrática las instituciones podrían haberse salvado.

Ni los militares, ni la guerrilla, ni el peronismo, ni un porcentaje importante de los argentinos estaban interesados en esa tarea. Lo cierto es que para marzo de 1976 los militares salieron una vez más de los cuarteles. El objetivo era aniquilar a una guerrilla que ya estaba en vías de extinción porque el peronismo le había otorgado a los militares todos los instrumentos para hacerlo.

“Fumíguenlos como ratas”, exclamó un prominente peronista de aquellos tiempos. Poner punto final al experimento peronista iniciado en 1973 no fue una tarea difícil. El peronismo para 1976 había fracasado en toda la línea. Cuatro presidentes: Héctor Cámpora, Raúl Lastiri, el propio Juan Domingo Perón e Isabel, fueron impotentes.

Alejandro Lanusse no se había equivocado: “A Perón no le da el cuero”. Lo traicionaron la edad y la salud, pero también lo traicionó su estilo manipulador y tramposo de pensar la política. El pacto social fracasó y la unidad nacional fue apenas una promesa.

Para 1974, antes de la muerte de Perón, el peronismo era el partido de los torturados y los torturadores, y en esa orgía de violencia y de sangre sucumbió su gobierno. Y el naufragio se los llevó puesto a los argentinos. Perón azuzó a “la juventud maravillosa” a tomar los fusiles y matar y después, cuando quiso ponerlos en vereda, no le hicieron caso.

Entonces, la mejor ocurrencia que tuvo fue “hacer tronar el escarmiento”. José López Rega fue el hombre. Pero cuidado. No fue el único. Una de las astucias de la historia consiste en responsabilizar a una sola persona de la tragedia. Pero López Rega no estuvo solo.

Y hasta hay motivos para pensar que ni siquiera fue el más importante a la hora de iniciar la carnicería. En todos los casos, sin el visto bueno de Perón, las Tres A no hubieran existido.

II

Los militares por su parte hicieron lo que mejor sabían hacer desde 1930: suponerse los salvadores de una patria cuyo modelo ideal era el cuartel, el lugar donde siempre está claro quién manda y quién obedece. Dije que los peronistas le dieron todas las herramientas legales para “aniquilar” la subversión. Pero no les alcanzó. Ni a ellos ni a los factores de poder que los apoyaban.

Un hecho hay que admitir: el golpe de Estado contó con el apoyo pasivo, pero apoyo al fin, de la mayoría de la sociedad, también educada en el rigor de que de las crisis solo nos salvan los militares encarnación del ser nacional y católico. La cruz y la espada.

Algunas paradojas merecen destacarse. Los militares argentinos dieron el golpe de Estado para impedir el avance del comunismo, pero derrocaron a un gobierno de derecha presidido por una derechista puesta por el general tal vez cumpliendo alguna promesa de alcoba.

Dijeron defender al capitalismo y combatir al comunismo, pero Rusia y Cuba fueron sorprendentemente condescendientes con la dictadura militar, mientras que fue la gestión de James Carter la que con más consistencia defendió los derechos humanos. El Partido Comunista apoyó y en más de un punto fue cómplice de la dictadura.

Algo parecido hizo el líder trotskista Nahuel Moreno -el padre o el abuelo político de Myriam Bregman y Nicolás del Caño- quien consideró que la presencia de la esposa del presidente de facto Jorge Rafael Videla en el partido de Argentina contra Holanda era un signo del carácter progresista y profeminista de lo que sin rubores calificó como “dictablanda”.

III

Los militares completaron en un nivel de delirio bestial la tarea iniciada por el peronismo. Por supuesto que no fueron lo mismo. Burócratas sindicales y políticos peronistas terminaron entre rejas. Peleas entre hampones. Enemigos de la boca para afuera.

Promovieron el célebre pacto sindical-militar que años después denunciaría Raúl Alfonsín, mientras Emilio Massera, en la embajada argentina de París, intrigaba con Mario Firmenich.

A modo de disculpa, los militares dicen que en 1976 optar por el secuestro, el crimen, los vuelos de la muerte y los centros de detención clandestina era necesario. ¿Por qué esa decisión tan drástica? Porque en 1973 Cámpora liberó a todos los presos.

Algunas observaciones a ese razonamiento bizarro. En primer lugar, los presos liberados en 1973 eran los presos de una dictadura militar, la misma que había derrocado a don Arturo Umberto Illia en 1966. Basta de triquiñuelas y fraudes. Los militares prometían baños de sangre antes de que existieran Montoneros y el ERP.

Hay discursos de los generales Toranzo Montero y Osiris Villegas amenazando con soluciones duras en 1959, cuando Firmenich tenía doce años y Roberto Santucho, quince. Los militares fueron bravos contra guerrilleros alucinados, pero cuando tuvieron que pelear en serio fueron derrotados en toda la línea. Alfredo Astiz podía asesinar monjas o adolescentes, pero cuando tuvo que pelear prefirió rendirse.

En 1966 los militares derrocaron a un gobierno decente para instalar como jefe a una soberana mediocridad como el general Juan Carlos Onganía. Y diez años después instalaron otra mediocridad impávida: Videla. Junto a un psicópata llamado Massera.

Se repartieron al país como un feudo, mataron sin compasión y además robaron. Porque se habla de la dictadura criminal, sí, pero también hay que hablar de la dictadura corrupta que forjó la patria financiera y la patria contratista,precipitando al país en un endeudamiento externo delirante.

IV

En la Argentina no hubo guerra, hubo terrorismo de Estado. Tampoco hubo genocidio, un concepto que la izquierda y el populismo usan por mala fe, ignorancia o deshonestidad intelectual. A los militares no los derrotó la movilización popular, los derrotaron los ingleses. “El que a hierro mata adentro a hierro muere afuera”.

Irresponsables y fulleros, supusieron que si tomaban las Malvinas ganaban títulos de héroes. En su intimidad estaban convencidos de que los ingleses no iban a atacar, y si lo hacían, Estados Unidos nos defenderían. Se equivocaron en toda la línea. Los ingleses vinieron con el principito y recuperaron lo que dicen que les pertenece.

Estados Unidos hizo lo imposible para convencer a los militares de que se estaban precipitando al infierno, pero los camaradas se habían tomado en serio su propio delirio. La derrota militar hundió a las fuerzas armadas en el descrédito absoluto.

Los militares golpistas de Uruguay, Brasil, Chile, Bolivia no eran mejores, pero tuvieron la precaución de no posar de guapos con un enemigo que sabía pelear y disponía de recursos técnicos muy superiores. Muchos soldados y oficiales argentinos pelearon con coraje una batalla que estaba perdida de antemano. Ese coraje no fue correspondido por generales que no se privaron de corromper y de cuidarse el cuero.

El Informe Rattenbach lo expresa con elocuencia. Un militar conservador y de linaje sugirió fusilarlos por irresponsables y cobardes. Mientras tanto, de aquellos soldados y oficiales que murieron en la soledad de las islas nevadas, podría decirse lo que un cortesano dijera del Cid Campeador: “Qué buen vasallo si hubiera buen Señor”.

V

En 2026 lo sucedido hace medio siglo es historia. Más del setenta por ciento de la población no había nacido o vestían pañales cuando el helicóptero de Isabel fue secuestrado. Acerca de lo sucedido se ha hablado y se ha escrito mucho, y está bien que así sea.

Un consenso ha quedado entre tantas divergencias: la democracia merece ser defendida; no a los golpes de Estado y no al hábito de resolver las diferencias políticas a punta de pistola. Ocho mil desaparecidos es, a pesar de los delirios inflacionarios del populismo y la izquierda, una tragedia, un baño de sangre.

Todos los presidentes, desde el propio Alfonsín a Javier Milei, no se han apartado de este paradigma democrático. Por lo menos hasta ahora no lo han hecho. No se registran en el paisaje militares golpistas o guerrilleros delirantes. Los problemas que hoy padecemos los argentinos tienen poco que ver con los trágicos enredos de hace cincuenta años.

No hubo impunidad. Los asesinos fueron juzgados y condenados. Los principales protagonistas de aquellas aciagas jornadas hoy no existen porque los mataron o porque el tiempo hizo su inevitable faena . La hora de dar vuelta la página ha llegado. Los problemas, los desafíos, las esperanzas están en el futuro. Por lo demás, “dejad que los muertos entierren a sus muertos”.

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