Existe un pacto silencioso, casi sagrado, sobre el cual sostenemos la frágil arquitectura de nuestras vidas: la convicción de que el tiempo guarda una secuencia justa. Concebimos la existencia como un río donde las generaciones precedentes desembocan primero, agotando sus cauces para que las aguas más jóvenes continúen corriendo hacia el porvenir.





































