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Pérdida patrimonial

Origen, esplendor y agonía de la casa de los Iriondo

Origen, esplendor y agonía de la casa de los IriondoOrigen, esplendor y agonía de la casa de los Iriondo

Domingo 12.4.2026
 14:58
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Gustavo Vittori
Por: 
Gustavo Vittori

He escrito varias veces sobre esta casa, presencia cotidiana durante nuestros años juveniles en el colegio de los jesuitas, pero sólo accedíamos a ella a través de la mirada y las comidillas que el Barrio Sur tejía en torno a ella y sus desaparecidos habitantes. Más adelante, en mis años de joven periodista, pude al fin entrar a la casa abandonada e intrusada. Las salas antes ornadas y amuebladas mostraban rastros de cirujeo, botellas de alcohol vacías, escombros en los rincones, pedazos de maderas y papel tirados en los pisos, mugre generalizada.

La “Sala de los Recuerdos” llamaba Iriondo a este ambiente.


Un día, no hace mucho, me crucé en la calle con María Salomé Freyre Iriondo, sobrina nieta de Manuel María de Iriondo, quien me comentó que había leído una nota mía sobre la casa y me ofreció imágenes de su interior en tiempos en que era habitada por el gobernador.

Origen de la familia en Santa Fe

Los documentos fotográficos tienen valor histórico, político, sociológico, antropológico, porque nos aproximan a un tiempo irreversiblemente desaparecido, en el que un reducido número de familias constitutivas del patriciado local, esto es, de grupos familiares partícipes del nacimiento de la patria por la separación del dominio de España, aun cuando la mayoría de sus fundadores, sobre todo por línea de varón, provenía de la Península ibérica.

Baste mencionar, en este caso, que Urbano de Iriondo Narbarte (1798 - 1873), casado con Petrona Candioti Larramendi, hija de Francisco Antonio Candioti, era hijo de Agustín José Ydiondo (o Yriondo) Alberdi, oriundo de Guipúzcoa, País Vasco, nacido en 1752 y arribado al Virreinato del Río de la Plata hacia fines del siglo XVIII.

Urbano, padre de Simón, era uno de los hijos nacidos en Santa Fe del matrimonio realizado en 1785 entre Agustín de Yriondo y la navarra María Josefa de Narbarte, fundadores de esa familia en nuestra ciudad. Cabe agregar que, al igual que su suegro Candioti, Urbano también fue gobernador.

En su caso, como delegado, en 1851, por breve lapso, como ocurriera con Candioti, gobernador interino -y primero de la provincia autónoma- quien asumió el 31 de marzo en una difícil situación de doble acechanza por las tribus guaycurúes del norte y las expediciones militares de la Buenos Aires unitaria que avanzaban contra Santa Fe desde el sur, en razón de su respaldo a la idea de organización federativa propuesta por Artigas desde Uruguay. Entrado en años, enfermo y agobiado por las circunstancias, Candioti murió cinco meses después de asumir como gobernador.

Pero si el padre y el abuelo materno del futuro gobernador Simón de Iriondo ejercieron gobiernos breves, lo que perduró en la familia Iriondo Candioti fue buena parte de la mayor fortuna del Río de la Plata, amasada por Candioti con enorme e inteligente esfuerzo (17 viajes a caballo y mulares desde Santa Fe al Alto Perú y Lima).

Enormes estancias en Santa Fe y Entre Ríos, aceitados circuitos comerciales, incluidos corresponsales financieros, para la circulación de bienes con medios de transporte propios (boyadas y arrias de mulas por tierra; embarcaciones por agua) entre Santa Fe y Asunción, al noreste; Chile, al centro oeste, y Perú y el Alto Perú al noroeste.

De modo que después del objetivo empobrecimiento de la ciudad a causa de la suspensión, en 1780, del privilegio portuario concedido por la Real Audiencia de Charcas en 1739, y convalidado por el rey de España en 1743, los movimientos económicos generados por Candioti mitigaron en parte la vertical caída de actividad por la migración del comercio a otras plazas y la consiguiente reducción poblacional.

El crudo informe de Francisco Javier de Larraga en 1789, lo pone en números. Manifiesta que, perdido el aliciente portuario, “se despobló la ciudad, a tal extremo que no tiene ni la tercera parte de los habitantes de entonces y ya no hay comercio de carretas. De 900 carretas por año, ahora sólo entran 20, y aun menos. Con eso han cesado las fábricas de carretas y la industria de manutención de las boyadas…”.

Y podría agregarse la disminución del trabajo de los carpinteros de ribera, constructores y reparadores de embarcaciones. Se trataba del quebranto general de la primera y apreciable industria artesanal de Santa Fe y la destrucción del rudimentario nodo multimodal que la había hecho progresar con rapidez desde la concesión de la preferencia portuaria. Por si fuera poco, otra decisión de Vértiz, tomada en 1782, habría de desgajar de Santa Fe su jurisdicción sobre Entre Ríos, apetecida por Buenos Aires. Cartón lleno.

Crescendo político

Pero en estas líneas nos quedaremos con la figura de Urbano de Iriondo y, principalmente, de su hijo Simón de Iriondo Candioti, heredero de importantes bienes y uno de los más relevantes políticos santafesinos de la segunda mitad del siglo XIX, quien, a través de su matrimonio con Tomasa Mercedes Zavalla Comas, a partir de 1860 vivirá con su familia en la casa que motiva esta nota, heredada por su mujer de sus padres, Bartolomé Zavalla y Ana Comas, quienes allí tenían, por añadidura, uno de los principales comercios de almacén y tienda de la ciudad.

Ángulo del escritorio del exgobernador, poblado de objetos históricos y familiares.

Luego del Congreso General Constituyente de 1853, en la que Urbano de Iriondo cumplió funciones de asesor, y, sobre todo, de la convención reformadora de 1860, que reintegró a la escindida provincia de Buenos Aires a la Argentina institucionalizada como Estado moderno, el trabajo de décadas quedó prácticamente completo. Es verdad que aún faltaban resolver temas impositivos y la siempre revulsiva localización de la capital federal, pero a grandes trazos el país estaba hecho.

Sillón que integró el mobiliario del Congreso General Constituyente de 1853.

Esa realidad no impediría remanentes levantamientos provinciales ni conatos civiles. Pero el conjunto emprendía su marcha ascendente con los aportes de la inmigración y sus oficios, energía trasformadora nutrida por el trabajo cotidiano y la inversión de capitales externos, principalmente británicos, para poner en producción una geografía cargada de riquezas potenciales.

En ese escenario de grandes transformaciones aparecerá en Santa Fe la figura de Simón de Iriondo, nacido en nuestra ciudad en 1836 y formado, primero, en el Colegio Monserrat de Córdoba, y recibido luego de abogado en la Universidad de Buenos Aires (1858) completando estudios que lo convertían en el primer político local con la más alta educación que el país de entonces podía brindar a sus ciudadanos. Sobre esa base construirá su carrera política, en la que después de desempeñar cargos legislativos, provinciales y nacionales, será dos veces gobernador de la provincia, de 1871 a 1874 y de 1878 a 1881.

El hall de la casa, con los retratos de Simón de Iriondo y Mercedes Zavalla de Iriondo.

Entre tanto, su padre, Urbano, también había dejado significativos registros como diputado de la frustrada convención nacional constituyente de 1824/26, la ya mencionada función asesora del Congreso General Constituyente de 1853, una senaduría nacional en 1855, y el cargo de ministro general de la provincia durante la gobernación de Rosendo Fraga (1858-60). Pero quizá lo más significativo de su legado, sean sus “Apuntes para la historia de Santa Fe” (1871), cuyo máximo valor reside en el hecho de que relata lo que vio como testigo calificado.

Es interesante al respecto el comentario que de él hace otro historiador, Ramón Lassaga, quien lo define como “El primer cronista de Santa Fe” y agrega: "Regularmente lo veíamos por la tarde pasear con su chistera (sombrero de copa alta), a caballo, por la calle San Jerónimo y nos parecía ver en él la tradición del antiguo Santa Fe”.

Es notable que Lassaga, con ancestros que se habían radicado en Santa Fe, también en el siglo XVIII, viera en don Urbano, primera generación de su familia vasca en el Río de la Plata, a un hombre que encarnaba “la tradición del antiguo Santa Fe”. En verdad, era nuevo y antiguo a la vez, porque su rápida inclusión en el patriciado a través de su casamiento con Petrona Candioti y sus redes familiares, así como una inteligencia despierta que le permitió acceder de manera temprana a cargos públicos de responsabilidad, le otorgaban la imagen que Lassaga observaba en él.

Menciono a grandes rasgos aquellas trayectorias, porque sus registros se irán acumulando en la casa que se alzaba en la vecindad de la iglesia Matriz, frente a la originaria Plaza Mayor y, a través de ese espacio, al Cabildo de Santa Fe, sede de tratados interprovinciales, de las sesiones de la malograda convención de 1828, del Congreso General Constituyente de 1853, y de las reformas constitucionales de 1860 y 1866, así como de la firma de los primeros contratos de colonización agrícola.

De modo que tanto la provincia autónoma de Santa Fe, en 1815, como el moderno Estado argentino, la patria largamente soñada, se habían incubado en ese lugar, frente a la casa de los Iriondo Zavalla que, además, habían participado de esas gestaciones. Por eso era una residencia emblemática, en la que más adelante habrán de alojarse el presidente Nicolás Avellaneda, de quien Simón fue ministro del Interior, y Domingo Sarmiento, también ministro, durante sus visitas a Santa Fe.

Quien convertirá el apellido en sinónimo de poder será Simón, altivo, patriarcal, de actitudes duras y con una manifiesta vocación política. Promotor y jefe de “El Club del Pueblo”, imbuido del espíritu del viejo Partido Federal, resistía el progresivo empoderamiento de los sectores liberales vinculados con Buenos Aires y estimulados por el crecimiento económico del país.

En esas circunstancias, Iriondo luchaba por mantener en alto la autonomía provincial y creaba un foco de resistencia a las apetencias centralistas a través de la Liga de Gobernadores. Tan fuerte fue su figura, que el reconocido historiador Juan Álvarez llegó a decir: “Santa Fe es Iriondo”.

En sus planos de actuación, provincial y nacional, fue un hacedor (creación del Banco Provincial, establecimiento de colonias agrícolas, planes de desarrollo ferroviario, etc.), pero la muerte tronchó su carrera cuando tenía 47 años.

La hora de Manuel Iriondo

Entre sus hijos, el que tomará la posta de su pasión política será Manuel María de Iriondo Zavalla, que vivirá en la casa paterna, aunque con largas ausencias por los cargos nacionales que lo reclamaban en Buenos Aires.

Era la casa erigida sobre un solar proveniente del reparto de tierras operado con la trasmuta urbana concluida en 1660. La casa que motivara tantas notas periodísticas en el intento de impedir su demolición. Una casa cargada de historia, caracterizada por su recova o corredor cubierto en la vereda.

En este sentido, abundaban las fotos externas de la residencia, pero lo que hasta ahora no se conocía, o se había olvidado, es la serie de fotos publicadas el 26-07-1934 por la revista Atlántida, de Buenos Aires, imágenes que me fueron generosamente facilitadas por su sobrina nieta María Salomé Freyre Iriondo, y retocadas por José Vittori con los equipos del diario y el aporte de la IA, para devolverles su perdida calidad originaria.

Su interés documental aumenta por el hecho de que fueron tomadas poco antes de que “Manucho” asumiera el gobierno de la provincia y, por consiguiente, son demostrativas del modo de vida de un hombre del poder, descendiente, como ya se dijo, de otros tres gobernadores.

Esa casa, lugar de vida y oficina política, fue también una suerte de museo familiar que reunía diversos objetos de valor documental, piezas mobiliarias de diversos estilos, cristaleros, cuadros, fotos y documentos que abarcaban 200 años de historia santafesina. Y se sabe que los atesorados objetos expresan a sus propietarios.

En sus salas podían encontrarse sillones coloniales tallados en ébano y tapizados con brocados e, incluso, un sillón que integró el mobiliario del gran salón del Cabildo en el que sesionó el Congreso General Constituyente de 1853. También, una caja de hierro de época virreinal, única en su estilo. En el hall, dotado de muebles diversos, los retratos de Simón de Iriondo, su padre, y Mercedes Zavalla, su madre, observaban a los visitantes desde las paredes. En la sala íntima, numerosos retratos con marcos de líneas rectas, circulares u ovales, grandes y en miniatura, cubrían las paredes casi sin dejar espacios, como una colmena iconográfica.

Ancestros, familiares próximos, amigos políticos, como los ex presidentes Julio Argentino Roca y Roque Sáenz Peña; congresales constituyentes como Manuel Padilla; Dardo Rocha, gobernador de la provincia de Buenos Aires y primer rector de la Universidad de La Plata, ciudad que había fundado en 1880; el militar y político Pablo Riccheri (o Ricchieri), ministro de Defensa de Roca y autor de la Ley de Servicio Militar Obligatorio en 1901; y Benjamín Victorica, militar y político próximo a los gobiernos de Urquiza, Derqui y Roca, entre muchos otros.

Esa acumulación de cuadros en las paredes, ocupaba todo el espacio disponible desde el borde superior del alto zócalo tallado en madera, hasta el techo, ostentoso ejemplo de época en las residencias más importantes del patriciado.

Pero después del crac financiero de Wall Street en 1929/30 y la desventajosa revisión del tratado con el Reino Unido de Gran Bretaña en 1933, cambiaron las condiciones económicas del país y se fisuraron las bases sobre las que se asentaba.

Fueron años en que empezaba a evaporarse la gloriosa sensación del progreso indefinido, así como el sentimiento de pertenencia a la esfera del poder mundial que, en cabeza de Inglaterra, incluía a la Argentina. Una década de guerras, inestabilidad, desempleo en Europa, hambrunas en Asia y África y asesinatos en masa en distintos lugares del planeta.

En aquel escenario hubo de moverse Manuel María de Iriondo, el hombre público santafesino que mayor vuelo alcanzó en el plano nacional de su tiempo. Radical antipersonalista, dirigente de estrechas relaciones con el mundo militar, como lo corroboran los nombres de los retratados en los salones de su casa, era un cultor del orden en medio del desorden mundial y la combustión nacional; un hacedor, como su padre, en tiempos de vacas flacas.

Iriondo, había sido ministro de Hacienda de la Nación (1907-1910) durante la presidencia de José Figueroa Alcorta y, entre este último año y 1918 había dirigido el Banco de la Nación Argentina bajo las presidencias de Roque Sáenz Peña (1910-14), Victorino de la Plaza (1914-16) e Hipólito Yrigoyen (1916-18). Más adelante fue ministro de Justicia e Instrucción Pública de la Nación entre 1932 y 1936, durante la presidencia de Agustín P. Justo y, entre 1937 y 1941, gobernador de la provincia de Santa Fe, gestiones en las que mostró preocupaciones conducentes al mejoramiento de la educación y la salud públicas.

Caja de hierro de época virreinal, en el rincón de uno de los ambientes. En las paredes, fotos de importantes figuras de la historia nacional.

De todos esos recorridos, la casa aquilataba documentos y objetos que retrataban una época y eran una cantera de información para los investigadores. De todo eso, queda poco y nada, máxime porque su matrimonio con María Salomé Freyre no tuvo descendencia. Hay cosas sueltas en manos de algunos parientes colaterales, como las fotos que ilustran esta nota y ofrecen bastante tela para cortar. Pero el hueco histórico dejado por la demolición de la casa es indisimulable, y aún se nota.

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