He escrito varias veces sobre esta casa, presencia cotidiana durante nuestros años juveniles en el colegio de los jesuitas, pero sólo accedíamos a ella a través de la mirada y las comidillas que el Barrio Sur tejía en torno a ella y sus desaparecidos habitantes. Más adelante, en mis años de joven periodista, pude al fin entrar a la casa abandonada e intrusada. Las salas antes ornadas y amuebladas mostraban rastros de cirujeo, botellas de alcohol vacías, escombros en los rincones, pedazos de maderas y papel tirados en los pisos, mugre generalizada.


































