Hablar de esquizofrenia sigue siendo, incluso hoy, un tema complejo y sensible. Persisten el miedo, la desinformación y una carga histórica de prejuicios que muchas veces dificultan el diagnóstico y el acceso al tratamiento.
Aunque todavía arrastra estigmas y prejuicios, la esquizofrenia es una enfermedad mental tratable. Un profesional explicó cuáles son las señales tempranas, cómo se manifiesta y por qué la detección precoz y el acompañamiento integral cambian de manera decisiva la calidad de vida de quienes la padecen.

Hablar de esquizofrenia sigue siendo, incluso hoy, un tema complejo y sensible. Persisten el miedo, la desinformación y una carga histórica de prejuicios que muchas veces dificultan el diagnóstico y el acceso al tratamiento.
Sin embargo, el avance de la ciencia y de los abordajes terapéuticos permitió transformar de manera profunda el pronóstico de esta enfermedad mental. Así lo afirmó el psicólogo Juan Manuel Rondón, especializado en el enfoque gestáltico y cognitivo, quien remarca un mensaje central: “Hoy la esquizofrenia es una enfermedad tratable. Hace algunos años, no lo era”.
“La esquizofrenia es una patología, una enfermedad mental que compromete la manera de pensar, de sentir y de percibir el mundo de la persona”, definió Rondón en la entrevita realizada por Vivi Mejor. Se trata de un cuadro delicado, que altera aspectos centrales de la experiencia humana y modifica la forma en que la persona se vincula con la realidad.
Para explicarlo de manera sencilla, el especialista utilizó una metáfora cotidiana: “Imaginémonos una radio mal sintonizada, con interferencias, ruidos y otras voces. Metafóricamente, eso es lo que sucede dentro de la persona”. Esa interferencia interna impacta en el pensamiento, las emociones y la percepción. Puede generar un profundo malestar tanto en quien lo padece como en su entorno.
Rondón subrayó que uno de los principales desafíos al hablar de esquizofrenia es hacerlo con responsabilidad y sin reforzar estigmas. “Durante mucho tiempo se la asoció a la locura o a la peligrosidad, y eso hoy sabemos que no es cierto”, afirmó.
La esquizofrenia no aparece de un día para otro. Según explicó el psicólogo, la enfermedad suele atravesar distintas fases. La más conocida es la fase activa o aguda, cuando se produce el llamado brote psicótico.
En ese momento, la persona puede escuchar voces que no existen para los demás, presentar alucinaciones, ideas poco coherentes o alteraciones marcadas del pensamiento y la percepción.
“Generalmente el diagnóstico se realiza después del primer brote, cuando la sintomatología ya es evidente”, señaló Rondón. Sin embargo, advierte que antes de llegar a esa instancia suelen aparecer señales previas que permiten una consulta temprana y un pronóstico mucho más favorable.
Entre esos indicadores iniciales se destacan el aislamiento progresivo, la desorganización del pensamiento y del discurso —aunque de manera sutil—, pequeñas incoherencias, abandono de actividades cotidianas, interrupción de estudios, cambios en la rutina laboral y una marcada tendencia a retraerse socialmente.
“Si sabemos escuchar estas señales, se puede detectar a tiempo. Y en esquizofrenia, la consulta temprana marca una diferencia grandísima”, remarcó.
La esquizofrenia es una condición crónica, es decir, acompaña a la persona durante toda la vida. “No es que se cure, pero sí se trata”, aclaró Rondón. Por eso, el tratamiento debe ser sostenido en el tiempo: la interrupción suele aumentar de manera significativa el riesgo de recaídas.
El abordaje se apoya en tres pilares fundamentales. El primero es el tratamiento psicofarmacológico, a cargo del psiquiatra. “La esquizofrenia presenta alteraciones químicas del sistema nervioso, por lo cual la medicación es necesaria”, explicó.
El segundo pilar es el tratamiento psicológico, que apunta a que el paciente pueda reconocer su sintomatología, desarrollar conciencia de su condición y entrenar habilidades sociales. “La esquizofrenia no es una enfermedad de la que se tenga conciencia. La persona no suele decir ‘algo anda mal en mí’, y eso dificulta tanto el diagnóstico como el tratamiento”, señaló Rondón.
El tercer componente es el abordaje psicosocial o sistémico, que involucra a la familia o al grupo de contención. A través de la psicoeducación, se busca que el entorno comprenda la enfermedad, aprenda a detectar señales de alarma y acompañe de manera adecuada el proceso terapéutico.
Uno de los ejes centrales del mensaje de Rondón es la necesidad de desarmar los prejuicios históricos que rodean a la esquizofrenia. “Tiene una carga de tabú muy grande. Durante el siglo pasado, los tratamientos eran deshumanizantes, invasivos y la persona quedaba institucionalizada y catalogada como ‘el loco’”, recordó.
A eso se sumó el refuerzo cultural de películas y relatos que asociaron la esquizofrenia a la violencia. “Hoy podemos decir con claridad que no está asociada ni a la locura ni a la peligrosidad. Una persona con esquizofrenia no suele presentar mayores signos de violencia”, afirmó el psicólogo.
El cambio de paradigma fue profundo: “Antes se la excluía, hoy se la incluye; antes se la silenciaba, hoy se la escucha. Y ese cambio transformó el pronóstico de manera considerable y, por suerte, a favor”.
En contra del imaginario social, la esquizofrenia no es una enfermedad rara. Según datos estadísticos, afecta aproximadamente a una de cada 200 personas. “Es muchísimo”, destacó Rondón. En Argentina, esto equivale a cientos de miles de personas.
La baja visibilidad se explica, en parte, por el aislamiento que suelen experimentar quienes no reciben tratamiento. “Muchas personas se recluyen y no llegan a la consulta. Por eso no las vemos”, explicó.
La enfermedad suele manifestarse de manera temprana, entre los 20 y los 30 años, y existe una leve tendencia a que afecte más a hombres que a mujeres.
El diagnóstico de esquizofrenia no es sencillo. No existe un síntoma exclusivo que la defina, ya que muchas de sus manifestaciones aparecen en otros cuadros. “No toda persona que tiene un brote psicótico es esquizofrénica. Puede estar asociado al consumo de sustancias u otras patologías”, aclaró Rondón.
Por eso, el mensaje final apunta a perder el miedo y promover la consulta. “El gran problema hoy es el estigma, que lleva a encapsular, a no hablar y a no llegar al diagnóstico”, sostuvó.
Y concluyó con una idea clave: “A través de otros y con otros, con un buen dispositivo de tratamiento, la esquizofrenia se trata. Gracias a los avances de los últimos 60 o 70 años, una persona con detección temprana y un abordaje humanizante puede llevar una vida normal”.




