Sobran anécdota e historias. Es increíble cruzarse con tantos argentinos que un buen día decidieron irse del país, agobiado por las circunstancias y buscando una mejor vida. “Hermano, yo no me fui del país porque quise, a mí me echó De la Rúa. Perdí todo en el 2001. Armé la valija y me vine a Estados Unidos con mi mujer y mi hija de dos años, más 1.000 dólares en el bolsillo. Eso fue todo”, son frases que se repiten una tras otra. Y de ahí, hay generaciones que nacieron en este país pero que al tener descendencia argentina no pueden dejar de ponerse con orgullo la camiseta celeste y blanca. Y la 10 de Messi, claro. Porque ahí está el otro lado (quizás sea el mejor o el más importante) de semejante devoción mundial.




































