No sé muy bien cómo comenzar este ensayo. Solo sé que el cielo de Atlanta lloraba junto a mí. Las gotas de lluvia golpean mi improvisada servilleta de papel, confundiéndose con mis propias lágrimas. Son lágrimas de alegría: lágrimas de esas pocas que nacen cuando un acontecimiento deportivo trasciende su naturaleza para convertirse en lección humana.





































