Hacia 1724 la ciudad de Santa Fe venía soportando más de diez años de ataques de abipones y mocovíes, encontrándose en peligro de desaparecer. El gobernador Bruno Mauricio de Zabala contaba con precisas instrucciones para protegerla, dadas en Madrid en enero de 1717, pero la multiplicidad de problemas que se presentaron en su jurisdicción dificultaron su cumplimiento.


































