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A propósito de "Ciertos ayeres", de César Bisso

La crónica sensible del poeta

En esta obra, el reconocido autor corondino explora historias personales y colectivas de su ciudad natal, en las que ofrece un retrato poético de la identidad local.

La crónica sensible del poetaLa crónica sensible del poeta

Viernes 5.6.2026
 14:52hs
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Néstor Fenoglio
Por: 
Néstor Fenoglio
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Director El Litoral

“Ciertos ayeres” es un libro singular, diferente, dentro de la ya robusta y siempre excelente obra poética de César Bisso, reconocido habitualmente por su registro fluvial, fiel a su Coronda natal; es decir, fiel a sí mismo.

Y no quiere decir que Bisso no escribiera sobre otros temas que no fueran el río (aunque allí, uno disfruta el núcleo esencial de su poesía, en múltiples títulos a lo largo del tiempo: “El otro río”, “Isla adentro”, la antología “Las trazas del agua”, “Un niño en la orilla”, “De abajo mira el cielo”, entre otros) y el universo de islas, arroyos, pescadores.

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Tampoco quiere decir que aquí esté ausente el río. No. También aquí tendremos un pescador, que es como una canoa extraviada; también aquí las cosas y el tiempo son atrapados por el rumbo circular de los remansos. En este libro hay, igualmente, un Sueño líquido que vuela por el cielo de abajo.

* * *

Quiero precisar la idea: César Bisso es uno de nuestras grandes voces poéticas y su registro no se limita (aunque ello solo alcanzaría) al río y al asumido poeta fluvial que es, sin disimulo, pleno de matices, sutil, siempre renovado.

Este poeta nuestro ya ha probado sobradamente que puede con otros temas, tonos, formatos, como en su libro “La jornada” o en sus bellos “Haikus felinos”. Aquí vuelve a su sanguíneo Coronda, pero en un doble rol de poeta y cronista para salir al rescate de “Ciertos ayeres”.

Esto es, acontecimientos, algunos personales, otros colectivos, que marcan y dan identidad a un lugar: sus mitos, sus historias, sus personajes y ese puñado de hechos que si no rompen la lánguida monotonía cotidiana del pueblo (por ejemplo, por usar palabras del poeta, la hora sumisa de la siesta), muchas veces se rememoran en reuniones y peñas amanecidas.

No es la tarea rigurosa de un historiador; ni siquiera la de un cronista o un reportero (Bisso es también periodista y desde luego tiene ese oficio incorporado), no al menos en la selección de esos ayeres. Pero sí sabemos desde el título mismo que son hechos del pasado, determinados, ciertos; esos y no otros. Y en este punto sorprende una vez más el poeta con un libro pleno y vibrante.

Una de las claves de ese registro está también en el título (algo que Bisso trabajó hasta encontrar la síntesis deseada y finalmente virtuosa), en el vocablo “ciertos”, que funciona aquí como adjetivo, pero que remite de inmediato a la sustantiva certeza.

Son “ayeres”, sí, rescatados por la memoria y por la poesía, sí; pero son ciertos en su doble acepción en este caso: en su carácter selectivo (insisto: esos y no otros) y en su contenido de verdad: son ciertos, no inciertos. Son verdaderos, no ficción, tamizados, claro, por la sensibilidad del poeta que, lo sabemos, mira diferente.

Y si me detengo largamente en esta cuestión, es porque todo el libro oscila luminosamente entre ambos términos contenidos en el título.

* * *

La poesía, que es canto, que tiene esencia oral, aunque nos olvidemos a veces, ha mantenido desde sus mismos orígenes su capacidad de crónica y de registro de hechos (en versos), en la mayoría de los casos relacionados con la épica: el relato de hazañas, el registro de batallas, conquistas.

En prácticamente todas las lenguas, los inicios de la poesía están ligados a una cosmogonía o a la conquista de un territorio. También el castellano, nuestro idioma hermoso y fundante; aunque aquí hago la salvedad que, más allá del Cid o los cantares de gesta, jarchas mediante (esas pequeñas cancioncillas mozárabes que sonaban como quejas de amor), tuvo también un comienzo lírico.

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En América y en nuestro país, no hay por qué remontarse a Martín del Barco Centenera u Olegario Víctor Andrade: nuestro José Pedroni “narra”, desde la lírica, una épica. La inmigración, uno de los emblemas de la poesía pedroniana, cabe sin inconvenientes en la categoría épica.

Así lo vio, por ejemplo, Edelweis Serra, quien centró uno de sus trabajos en detectar “la voluntad arquetípica” de la gesta de la inmigración en la obra del autor de “Gracia plena”.

Y tenemos a mano también “Aquella noche de corpus”, “cronicón poemático” de Mateo Booz (sí, Mateo Booz, uno de los padres del cuento por estas tierras, escribió también poesía), que “narra” en versos el levantamiento de los 7 Jefes, en la temprana Santa Fe de 1580.

* * *

En “Ciertos ayeres” no hay como tal una épica, ni tampoco la poesía de Bisso es, genéricamente, “narrativa”; tampoco hay un único hecho o una gesta enfocada como asunto. Pero hay una mirada, selectiva y aguda, sobre, una vez más, Coronda.

Portada de la obra "Ciertos ayeres", reciente volumen de César Bisso. Publicado por Ediciones La Yunta, año 2025.

Ello incluye las anónimas y queribles mujeres del poema que abre el libro: Hubo madres que forjaron una vida sencilla. / Cada mañana desperezaban a los hijos / con un tazón de leche caliente / al tiempo que sus hombres partían al trabajo…

Todo está allí desde el primer verso: decir hubo madres es como decir que hubo un tiempo; es decir había una vez: comienza la crónica, la selección de “ciertos ayeres” ciertos.

Estas madres son de Coronda, pero también de cualquier pueblo nuestro (en mi caso, “viajé” al patio de mi abuela Marga y la vi barriendo): es capacidad del poeta postular lo particular como general, llevarlo a la “arquetipicidad” de la que hablaba Serra, convertir lo anónimo en gesta.

Ese gesto mínimo e íntimo de rescate de madres y padres (lo hace en el poema que inaugura la segunda parte del libro y que se llama precisamente “Padres”), leemos estas aliteraciones de jotas, eses y erres para los manuales: “… abonan una historia de linaje urbano. / Jenízaros de usanzas criollas, / forjados en el ajetreo del patio y la cocina…).

También la presencia en el texto de una hermana, del abuelo Domingo, son patrimonio interior del poeta “cronista”, esa suerte de pequeño dios del tiempo, ese Cronos que somos y vamos dejando de ser.

Y así como se anhela la otra orilla y se arroga ese viaje porfiado, del río que puja incesante de norte a sur; así como vemos el afuera como desafío; aparecen a la par la cocina o el patio, con una configuración casi mítica, como un territorio de intimidad, como un reino soberano vívido y vigente, traídos, elevados por el verso. Condensa una épica sencilla y casi secreta, ahora compartida.

Entonces, del mismo modo en que hay poemas “anónimos”, que sólo la mirada y la palabra del poeta pueden rescatar (ciertos ayeres), también hay otros hechos que forman parte del colectivo corondino, lo ayudan a definirse, tanto como los ríos, las frutillas o las islas.

Los poemas “Mataderos” (que alude al nacimiento de Coronda, en 1664), “El paso de Urquiza” (1851), “Alfonsina”, “El último aduanero”, “Raid (dedicado a la nadadora Teresa Plans) o “Una avioneta cae sobre las aguas” (ciertos ayeres, también), refieren a hechos y personas muy precisos, que son parte de la historia.

También caben en la “crónica” del poeta y conforman esa trama plena de identidad que Bisso reconstruye, canto mediante.

* * *

En la segunda parte de libro surgen otros escenarios urbanos y esporádicos lugares, como también evocaciones de personajes que habitan la espaciosa memoria del poeta.

En todos los poemas, aquí y allá, hay versos que se encienden y brillan por sí mismos, como si fueran esas lexías (unidades mínimas de sentido) de las que hablaba Roland Barthes.

Cito al azar, caprichosamente, algunos: la entereza de quien camina para adentro…; la radionovela del crepúsculo…; o ese río que Avanza. No regresa por nadie…; o esas garzas que vuelan como suaves hebras blancas / por encima de los pajonales... Aquí, todo resplandece. El libro es generoso: hay casi cincuenta poemas, breves algunos; con mayor despliegue, otros.

Hay además citas y pequeños textos y dedicatorias, que remiten a otros versos y a otros autores, conformando una suerte de red, que el análisis, pretencioso, llamará corpus u objeto de estudio; o se hablará de intertextualidad (cualquier libro de cualquier autor es la suma de sus lecturas), pero que nosotros, lectores, traducimos simplemente como belleza.

César Bisso ya sabe, hace rato (y lo actualiza aquí, en plena posesión de estilo), que nadie / puede oírnos si hablamos con voz ajena... También sabe que abajo se oculta lo esencial...

Es la asunción de sí mismo y del colectivo que integra (un espacio y un tiempo que llamaremos Coronda, por aquello de pintar la aldea, pero que se postula universal) y al que le pone voz, sabia, reflexiva voz, en estos “Ciertos ayeres”: “Con los años aprendí dónde estar”.

Obra reunida

La Universidad Nacional de Litoral, a través de Ediciones UNL, publicará próximamente la obra reunida de César Bisso, que incluirá poemas correspondientes a dieciséis libros editados entre 1975 y 2025. Representan cincuenta años de trayectoria poética.

Ayeres que no se olvidan (*)

Si hubiera que definir concisamente la situación existencial del poeta César Bisso, diría que el verso “gratitud de la fascinación” condensa y resuelve la cuestión en dos palabras.

Gratitud en primer lugar, porque en efecto es la suya una condición consciente de los bienes que ha recibido del paisaje y las personas que lo rodean desde su nacimiento hasta hoy, gratitud por la belleza natural del lugar que le ha tocado en suerte, por la bondad de sus comprovincianos.

Es precisamente ese haber recibido lo que coloca al poeta en la situación de poder retribuir. La eficacia de la fórmula “gratitud de la fascinación” estriba en que destaca a la abstracta fascinación como destinataria última y definitiva de la apertura vital, lo cual viene a significar que es ella la que lo lleva a dar las gracias por el don de quedar fascinado, por haber hecho de él un poeta.

Hay “una orilla de enfrente” en todo lo que la naturaleza ofrece, vale decir una distancia en el núcleo de lo próximo, una lejanía que atrae, que encanta y exige una réplica, una palabra vibrante de atención, un poema. Es como un diálogo: la realidad inquiere silente con su maravillosa fuerza de atracción y el poeta responde con la palabra maravillada.

César Bisso se define a sí mismo como ente fluvial, definición que se comprende porque ha nacido en Coronda, a la vera del bello río del mismo nombre. El río, heraclitianamente, se transforma en imagen del tiempo que fluye, que nunca se detiene:

El tiempo enfervoriza: sé música,

anímate a cruzar cielos de utopía.

Esta es la consigna del agua que discurre en los poemas del libro, una consigna que lleva al poeta a rescatar ocasiones de ciertos ayeres que no se olvidan. Inolvidable es, en efecto, el encuentro con Borges, cuando visitó Santa Fe acompañado por el joven párroco Jorge Bergoglio. Sucedió cuando Bisso era alumno del segundo año de la Escuela Industrial Superior:

¿Qué significa para usted el lenguaje?

Tuve la osadía de preguntárselo a Borges

desde mi perplejidad de niño desmañado.

Ignoraba quién era el insólito visitante.

Allí estaba, sentado a la mesa del bar.

Un bastón en mano presidía las palabras.

Sobriedad -respondió con voz fatigosa-.

El sol es luminoso, nunca indecible.

La rotunda afirmación del oráculo, pronunciada hace medio siglo, se incrustó para siempre en la conciencia de Bisso; se incrusta en la nuestra a partir de este momento, también para siempre.

Un buen ejemplo de esa ponderada sobriedad es el poema dedicado a Juanele, un texto tramado con extrema economía, muy sugerente, ya que logra trazar el perfil de la persona con un esbozo hecho de pura ausencia, una proeza mallarmeana, en cierto modo:

La pesada balsa cruza el río.

Despereza el cielo quiloaza.

Movedizas torres de greda

se inclinan pesadamente.

Un duende alumbra el agua.

Cautiva el humo oriental,

su cabellera de sauce,

la acrobacia de los juncos.

El poema trenza otras voces.

Pierdo la balsa de retorno.

(*) Reseña de Ricardo H. Herrera.

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