La ausencia de la vicepresidenta, Victoria Villarruel, no fue ninguna sorpresa. Es más, en el Senado dejaron entrever que “la arbitrariedad explícita de Karina Milei, oficiando de portera de boliche, habla más de ella y de su hermano que de nosotros”, le dijo a El Litoral uno de los hombres cercanos a la titular de la Cámara alta. El entorno de la alta funcionaria infiere que la gente entiende la excelente relación que ella tiene con la Iglesia católica y que “no hace falta andar explicando lo obvio”. En Casa Rosada no tuvieron pruritos en afirmar que “una persona que ya no pertenece al Gobierno no debe participar en los actos oficiales que encabeza el Presidente”, aunque, como en este caso, sea el Arzobispado el encargado de definir a quienes se les cursa las invitaciones para este tipo de eventos. A la administración libertaria nunca le interesó mucho que sus diferencias queden expuestas públicamente. Esto quedó claro cuando fue el propio Milei el que, consultado por la expulsión de su primer jefe de Gabinete, Nicolás Posse, expresó: “Posse ya fue”, sin sentir la más mínima necesidad de dar explicaciones al respecto. La seguidilla de funcionarios que fueron invitados a retirarse luego de ese incidente es extensa y tampoco requirió justificativos públicos, pese a que en los pasillos de Balcarce 50 haya quedado muy claro cuál –o cuáles- fueron los motivos de todas y cada una de esas expulsiones.