Hay días en que el fútbol se convierte en algo mucho más grande que una simple pelota rodando. El otro día, contra Egipto, nos pasó eso. Estábamos abajo, el partido se nos escapaba, y parecía que la historia se terminaba ahí. Pero de repente, como tantas veces, la Selección se acordó de quién es. Y salió adelante. No con magia, sino con algo más profundo: con el corazón bien puesto.




































