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Exhibición en Buenos Aires

Francomanía: Colapinto, Palermo y una Argentina que volvió a soñar con la Fórmula 1

Más de 600 mil personas acompañaron el road show de Franco Colapinto en Buenos Aires. El piloto argentino no solo manejó un Fórmula 1: encendió una pasión dormida, unió generaciones y volvió a poner en la calle el sueño de que la Máxima regrese al país.

Francomanía: Colapinto, Palermo y una Argentina que volvió a soñar con la Fórmula 1
Francomanía: Colapinto, Palermo y una Argentina que volvió a soñar con la Fórmula 1

Lunes 27.4.2026
 11:51hs
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Mariela Pallero
Por: 
Mariela Pallero

Hubo un momento en Palermo en el que el ruido dejó de ser solo ruido. El motor V8 del Lotus E20 retumbaba entre los árboles, el caucho quemado se mezclaba con los gritos, los celulares apuntaban al asfalto y una multitud empujaba desde las veredas, los parques y los balcones.

Pero lo que se escuchaba no era únicamente el sonido brutal de un Fórmula 1. Era otra cosa. Era una vieja pasión argentina volviendo a respirar.

Franco Colapinto pasó por Buenos Aires y la ciudad se transformó.

La sensación de que, por un rato, la Fórmula 1 volvió a estar en casa. Y de que la Francomanía recién empieza. Foto: Gentileza Vicky Dragonetti

Por unas horas, Palermo dejó de ser Palermo para parecerse a una postal imposible: una avenida convertida en pista, los balcones como tribunas, los chicos subidos a los hombros de sus padres, las banderas argentinas colgadas donde se pudiera y miles de personas esperando apenas unos segundos de velocidad para sentir que la Fórmula 1 estaba otra vez cerca.

Récord de púbico

Según informó el Gobierno de la Ciudad, fueron más de 600 mil personas. La cifra impacta, pero quizás no alcanza para explicar lo que ocurrió. Porque no fue una convocatoria más. Fue una demostración popular. Una prueba callejera de que Colapinto ya no pertenece solo al automovilismo ni a los domingos de madrugada frente al televisor.

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Franco se convirtió en un fenómeno argentino. En un nombre que reúne a los fanáticos de siempre y también a los que nunca habían escuchado de cerca el bramido de un F1.

Ahí está la primera explicación de la Francomanía. Colapinto entró en un mundo sofisticado, millonario y selecto con una frescura que lo vuelve cercano. No parece construido por una maquinaria de marketing.

No transmite distancia. No se esconde detrás del casco. Habla como un pibe argentino, se ríe como un pibe argentino, se emociona como un pibe argentino. Y eso, en un país que necesita reconocerse en sus ídolos, vale tanto como una vuelta rápida.

La sensación de que, por un rato, la Fórmula 1 volvió a estar en casa. Y de que la Francomanía recién empieza. Foto: Gentileza Nico Ferreyra

La gente no fue solamente a ver un auto. Fue a verlo a él. A Franco. Al chico que se fue a Europa a los 14 años, que tuvo que crecer lejos, que corrió detrás de un sueño enorme y que ahora aparece como símbolo de una generación que también quiere creer que se puede.

Para muchos jóvenes, Colapinto no es una estrella inalcanzable: es una señal. Una prueba de que el talento argentino todavía puede abrirse paso en escenarios que parecen reservados para otros.

Por eso el abrazo con su abuela Rosa fue uno de los momentos más fuertes del día. Antes del show, antes del ruido, antes del fuego y los trompos, estuvo esa imagen íntima en medio de la multitud: Franco inclinándose para abrazar a la mujer que lo vio partir siendo apenas un chico.

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En ese gesto se resumió una historia de familia, sacrificio y distancia. El piloto de Fórmula 1 volvió a ser nieto. Y la multitud, que había ido a verlo acelerar, terminó compartiendo una emoción familiar.

Eso también explica por qué Colapinto pega tan fuerte. Porque no se muestra como un producto perfecto. Se muestra humano. Y el deporte, cuando emociona de verdad, siempre necesita humanidad. La velocidad conmueve, pero la historia detrás del casco es la que convierte a un piloto en ídolo.

Generaciones unidas por la F1

Palermo fue, además, una reunión de generaciones. Estaban los chicos que descubrieron la Fórmula 1 por Franco. Estaban los adolescentes que llevan el 43 como marca de pertenencia. Estaban los padres que acompañaron a sus hijos y terminaron emocionados. Y estaban los abuelos que alguna vez vieron correr al Lole Reutemann, o que crecieron escuchando el apellido Fangio como una palabra mayor del deporte argentino.

Ese puente no es menor. La Argentina tiene memoria fierrera. Puede quedar tapada por el fútbol, por la coyuntura o por los años sin una fecha propia en el calendario, pero sigue ahí. Está en los autódromos del interior, en las icónicas carreras de rutas, en el Turismo Carretera, en las historias familiares, en los domingos con olor a nafta y asado. Colapinto no inventó esa pasión: la despertó en los argentinos.

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Por eso verlo manejar la Flecha de Plata de Juan Manuel Fangio tuvo una carga simbólica enorme. No era solo un auto histórico girando por Buenos Aires. Era el pasado tocando el presente. Fangio, el multiple campeón, Reutemann, la memoria afectiva de varias generaciones. Colapinto, la ilusión nueva. Tres tiempos de una misma pasión argentina.

Y después estuvo el gesto que terminó de explicar al personaje. Franco frenó, se bajó, caminó hacia la gente, firmó autógrafos, se sacó fotos, saludó a quienes estaban en el sector para personas con discapacidad y convirtió una exhibición en un encuentro. En la Fórmula 1 real, los pilotos no suelen estar tan cerca estan detrás de vallas, protocolos, boxes y contratos.

Escribiendo su historia

En Palermo, Colapinto rompió por un rato esa distancia. Se acercó. Y ese acercamiento valió tanto como los trompos sobre el asfalto que hicieron que el Lotus E20 se prendiera fuego mientras los mecánicos corrían para apagar las llamas la multitud lo celebraba como si estuviera frente a una victoria.

El periodista deportivo sabe que no todos los ídolos nacen de una estadística. Algunos nacen de una victoria, otros de un campeonato, otros de una hazaña.

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Colapinto todavía está escribiendo su recorrido en la Fórmula 1. Pero en Palermo recibió algo que no se compra ni se fabrica: la consagración emocional de la gente. No ganó un Gran Premio, pero por un domingo sintió el calor de quien lo hubiera ganado todo.

También hubo un mensaje hacia afuera. Porque la multitud no solo abrazó a Franco: también le habló a la Fórmula 1. Le mostró que Argentina sigue siendo una plaza con pasión, historia y público. Que hay una cultura fierrera capaz de llenar calles, parques y balcones. Que un piloto puede funcionar como chispa, y queremos recuperar a la Fórmula 1.

La sensación de que, por un rato, la Fórmula 1 volvió a estar en casa. Y de que la Francomanía recién empieza. Foto: Gentileza Vicky Dragonetti

Colapinto lo dijo sin rodeos: la Argentina merece volver a tener una fecha. La frase no fue casual. Fue el grito de un piloto, pero también el deseo de miles. El regreso de la Fórmula 1 no depende únicamente de la emoción popular. Depende de dinero, infraestructura, contratos, calendario y decisión política. Pero lo de Palermo instaló una evidencia: público hay. Pasión hay. Historia hay. Hambre de Fórmula 1, también.

Fenómeno deportivo

La Francomanía, entonces, es más que una moda. Es un fenómeno deportivo, popular y emocional. Tiene algo de fiebre juvenil, algo de memoria familiar y algo de sueño colectivo.

Une al chico que quiere ser piloto con el abuelo que vio al Lole. Al fanático que conoce cada reglaje con el curioso que solo quería escuchar cómo suena un F1. Al que fue por la velocidad y al que terminó emocionado por un abrazo.

La sensación de que, por un rato, la Fórmula 1 volvió a estar en casa. Y de que la Francomanía recién empieza. Foto: Gentileza Vicky Dragonetti

Ese domingo, Buenos Aires no vio simplemente pasar un auto. Vio pasar una posibilidad. La de volver a sentirse parte de la Fórmula 1. La de creer que un argentino puede abrirse camino en la elite. La de recuperar una pasión que nunca murió del todo, pero que necesitaba un nombre, una cara y una historia para volver a salir a la calle.

Franco Colapinto no ganó una carrera en Palermo. No sumó puntos. No subió a un podio oficial. Pero pocas veces una exhibición tuvo tanta fuerza de consagración. El pibe de Pilar aceleró, quemó caucho, saludó, se emocionó y dejó algo flotando en el aire, incluso cuando el humo se disipó y la ciudad empezó a volver a la normalidad.

La sensación de que, por un rato, la Fórmula 1 volvió a estar en casa. Y de que la Francomanía recién empieza.

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