A principios de octubre de 1975, un avión de Aerolíneas Argentinas fue secuestrado por Montoneros y aterrizó en un campo de la provincia de Santa Fe, en medio de lo que fue un plan que luego se conoció como “Operación Primicia”.
Tras 15 días varado en un campo santafesino, jurisdicción de Susana, el Boeing 737 pudo ser despegado y llevado al aeropuerto de Ezeiza. La crónica de la época con fotos e información del operativo montado para poder liberar la aeronave.

A principios de octubre de 1975, un avión de Aerolíneas Argentinas fue secuestrado por Montoneros y aterrizó en un campo de la provincia de Santa Fe, en medio de lo que fue un plan que luego se conoció como “Operación Primicia”.
El hecho generó un alto impacto en la tranquila comunidad de la localidad de Susana, en el departamento Castellanos, donde la aeronave hizo círculos en el cielo previo a descender en un campo. La secuencia dejó boquiabiertos a los lugareños al tiempo que enfrentó a las fuerzas de seguridad a los tiros con los guerrilleros.
Precisamente, tras dejar el avión abandonado, el violento grupo huyó en dirección a la Ruta 34 y se sospechaba que el primer destinó era la localidad de Arrufó. El Boeing 737 LV-JNE "Ciudad de Trelew" permaneció dos semanas varado en esa zona agropecuaria, hasta que finalmente lograron destrabarlo.
Como desde el principio de los acontecimientos, El Litoral cubrió los hechos con la cercanía que marcó el destino del diario a lo largo del siglo XX. Fue así que en la edición del 22 de octubre de 1975, se contó detalladamente cómo fue el operativo “despegue” para que el avión vuelva a la ciudad de Buenos Aires.
“Como en una película de acción —"una de aviones..."— se desarrolló ayer en jurisdicción de Susana, departamento Castellanos, el operativo que permitió el despegue del Boeing 737 LV-JNE "Ciudad de Trelew" de Aerolíneas Argentinas, que aterrizó 16 días atrás en pleno campo en las circunstancias por todos conocidas”, señalaba el artículo.
Y seguía: “Hubo suspenso, acción, expectativa y una emoción que caló hondo en todos los que presenciaron el rescate. El escenario se pobló de uniformes militares, policiales, bomberos, ambulancias y, naturalmente, una elevada cantidad de periodistas y reporteros gráficos”.
“Todos los ingredientes para una serie televisiva con la diferencia que esto no era ficción y se ofrecía en vivo y en directo en medio de una cuota de riesgo que nadie disimuló, pero tampoco nadie trató de explotar. Por el contrario, el signo del operativo fue la discreción rayana en la humildad”, agregaba.
En ese sentido, el artículo resaltó: “Un operativo sin héroes pero sí realizado con hombres expertos”. También destacó que el avión “fue trasladado hacia el mediodía al extremo oeste, cubriendo los primeros metros de la pista de duraluminio de quinientos metros de largo por treinta de ancho”.
“La velocidad del viento no podía haber sido mejor y la temperatura ambiente —20 grados— la ideal para el despegue. Había que sincronizar todo, es decir, el viento, la temperatura, el peso del avión (desprovisto de los asientos, heladeras), etc”, sumaba la nota a modo de explicar cómo fue el panorama.
El momento esperado ocurrió “exactamente a las 18.05, el Boeing 737, con las turbinas al máximo de su potencia, inició el carreteo. El operativo iba en camino de su punto culminante”, según apuntó el vespertino.
En la continuidad del relato, la crónica periodística le dedicó unos párrafos a la gran presencia de polvo que se generó tras el encendido de los motores. Como pudieron, periodistas, fotógrafos y curiosos vieron despegar la aeronave.
“Los brazos se agitaron hacia el cielo; volaron los sombreros; los reporteros gráficos dispararon reiteradamente sus máquinas. El avión torció su rumbo hacia el oeste y dio un giro completo en torno de la pista a modo de saludo y pronto ganó altura y se perdió en el rumbo suroeste, con destino al aeródromo de Sauce Viejo”, describió el diario.
Y cerró: “Luego de reabastecerse de combustible y aguardar la llegada de personal aeronáutico, partió hacia el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, donde arribó después de las 21”.
En otro apartado de la nota, se puso el foco sobre el armado de la pista en el medio de un campo santafesino. “La contribución de efectivos del Batallón de Ingenieros de Construcciones 121 con asiento en Santo Tomé fue el armado de la pista, que se hizo con 5.000 placas que llegaron al lugar en 14 camiones que transportaron 270 cajas”, contó.
Al respecto, se describió: “Cada placa pesa 60 kilogramos y fueron trasladadas hasta Susana desde el puerto de Buenos Aires, donde habían llegado procedentes de Estados Unidos, donde se las fabrica, para ser utilizadas en la base austral de Marambio”.
“La velocidad que en 500 metros de pista alcanzó el ‘Ciudad de Trelew’, fue de 160-180 kilómetros a la hora. El peso de la máquina se calculó en 30.000 kilos, desprovista de asientos, heladeras, etc. y pasajeros, naturalmente; con la carga completa el peso es de 52 mil kilogramos”, agregaba el artículo.
A modo de cierre, la reflexión final que eligió el cronista para el artículo principal. El subtitulo usado fue “Final feliz” y remarcó:
“Un rescate en voz baja; ni una palabra más alta que la otra; como un susurro corrieron las directivas y los acuerdos; ninguna aparatosidad. El pulgar levantado del piloto comandante Gerardo Mogas, dijo que todo estaba en orden y entonces las turbinas rugieron para poner luego, en segundos, la nave en aire, que lo alcanzó sobre el filo mismo de la terminación de la pista”.
“Habían quedado atrás las zozobras y las angustias; la misma angustia que asomó en algunos rostros cuando a un suboficial, que portaba una pistola en una mano, se le disparó un tiro. También en eso el epílogo fue feliz, como el de la nave que alcanzó el claro cielo azul en la caída de la apacible tarde en Susana, un nombre de mujer que ya es historia en los anales de la aviación argentina”.




