Hay una escena que probablemente resulte familiar: tenés algo pendiente y sabés perfectamente que deberías hacerlo. Incluso puede ser algo que realmente querés hacer.
Dejar para mañana una tarea, un trámite o incluso un proyecto que nos entusiasma no siempre es falta de voluntad. La procrastinación puede estar relacionada con el estrés, el miedo a equivocarse, el perfeccionismo, la dificultad para manejar emociones incómodas o problemas para organizar y sostener la atención.

Hay una escena que probablemente resulte familiar: tenés algo pendiente y sabés perfectamente que deberías hacerlo. Incluso puede ser algo que realmente querés hacer.
Querés empezar a ordenar la casa, retomar una actividad física, leer ese libro que compraste, avanzar con un proyecto personal o sacar de una vez ese turno médico que venís postergando. Pero aparece una excusa: "después", "mañana", "cuando tenga más tiempo", "cuando esté más tranquilo".
Lo curioso es que la procrastinación no siempre aparece frente a tareas desagradables. A veces también postergamos aquello que deseamos. Y ahí surge una pregunta que muchas personas se hacen: si realmente quiero hacerlo, ¿por qué no puedo empezar?
La respuesta no siempre está en la pereza o en la falta de disciplina. Procrastinar puede ser una manera de evitar, al menos momentáneamente, una emoción incómoda.
Una tarea puede generar ansiedad, aburrimiento, inseguridad, miedo al fracaso o incluso miedo a no cumplir con las expectativas propias. Postergarla produce un alivio inmediato, aunque después aparezcan culpa, frustración y más presión.
La investigación científica viene estudiando precisamente esa relación entre procrastinación y emociones. Un metaanálisis reciente que reunió 88 estudios y más de 63.000 participantes encontró una asociación moderada entre procrastinación y emociones negativas como ansiedad, depresión y estrés.
Esto no significa que toda persona que posterga tenga un problema de salud mental, pero sí muestra que el fenómeno puede estar relacionado con la forma en que enfrentamos determinadas emociones.
Entender qué sucede puede ser más útil que repetir una frase que muchas veces termina empeorando las cosas: "soy un vago". La pregunta más productiva es otra: ¿qué estoy tratando de evitar cuando postergo?
Una de las explicaciones que más atención recibió en los últimos años es que la procrastinación puede funcionar como una estrategia de regulación emocional a corto plazo.
El mecanismo es sencillo. Tenés una tarea pendiente. Pensar en ella te genera incomodidad. Entonces elegís hacer otra cosa que te resulta más fácil o agradable: mirar videos, revisar las redes sociales, ordenar algo que no era urgente o simplemente esperar. En ese momento sentís alivio porque dejaste de enfrentarte a aquello que te incomodaba.
El problema es que ese alivio dura poco.
La tarea sigue pendiente y, con el paso del tiempo, puede aumentar la ansiedad. Cuando finalmente llega el momento de hacerla, la presión es mayor y la persona puede sentirse todavía más desbordada. Así se forma un círculo: malestar, postergación, alivio momentáneo, culpa, más malestar y nueva postergación.
Un estudio publicado en British Journal of Psychology en 2025 encontró que las dificultades para regular las emociones y el menor control de la atención podrían ayudar a explicar la relación entre la procrastinación crónica y la dificultad para mantener el foco.
Por eso, una buena pregunta para hacerse cuando aparece el impulso de dejar algo para después es: "¿Qué siento cuando pienso en empezar?"
La respuesta puede ser reveladora.
Si aparece miedo a equivocarse, quizás el problema esté relacionado con el perfeccionismo. Algunas personas no comienzan porque sienten que deben hacerlo de manera impecable. Como alcanzar ese estándar parece demasiado difícil, resulta más sencillo no empezar.
Si aparece aburrimiento, puede existir una dificultad para sostener una actividad que no ofrece una recompensa inmediata. En un mundo lleno de estímulos rápidos, tareas como estudiar, ordenar documentos o hacer un trámite pueden parecer especialmente poco atractivas.
También puede aparecer miedo al fracaso. Postergar permite evitar temporalmente la posibilidad de comprobar que algo no salió como esperábamos. Pero también puede esconder otro temor menos evidente: el miedo al éxito y a los cambios que podrían venir después.
En otros casos, el problema está relacionado con la falta de claridad. Cuando una tarea es demasiado grande o tiene muchos pasos, el cerebro puede percibirla como una especie de bloque imposible de abordar. "Tengo que ordenar toda la casa" es una consigna mucho más difícil de ejecutar que "voy a ordenar el cajón de la cocina durante diez minutos".
La procrastinación también puede estar vinculada con dificultades para organizarse, priorizar y administrar el tiempo. Cuando estos problemas son persistentes y aparecen desde etapas tempranas de la vida, afectan diferentes áreas y generan dificultades importantes, un profesional puede evaluar si existe un trastorno como el TDAH.
Sin embargo, postergar ocasionalmente no significa tener TDAH. Mayo Clinic señala que, para considerar este diagnóstico en adultos, los síntomas deben ser persistentes, generar problemas continuos y tener un origen que se remonta a la infancia.
También es posible que la procrastinación aumente durante períodos de ansiedad, estrés o depresión. En esos casos, puede aparecer junto con falta de energía, pérdida de interés, dificultades de concentración o problemas para realizar actividades cotidianas.
El primer consejo es evitar intentar cambiar todo de golpe. Si la procrastinación se alimenta de la sensación de que una tarea es demasiado grande, hacer una lista interminable de objetivos probablemente genere todavía más presión.
Una estrategia útil es reducir la tarea hasta que sea fácil comenzar.
En lugar de decir "voy a hacer ejercicio", podés proponerte ponerte las zapatillas y caminar diez minutos. En lugar de "voy a ordenar toda la casa", empezar por un solo cajón. En vez de "voy a estudiar toda la tarde", abrir el material y trabajar durante 15 minutos.
El objetivo inicial no es terminar. Es romper la barrera de inicio.
También puede ayudar identificar el momento exacto en que aparece la postergación. Por ejemplo: "Cuando tengo que responder un correo difícil, abro Instagram". Esa observación permite reconocer el patrón y buscar una alternativa.
Otra herramienta consiste en preguntarse: "¿Qué es lo mínimo que puedo hacer ahora?". Muchas veces, el primer paso es mucho más pequeño de lo que imaginamos.
También conviene separar las tareas según su nivel de dificultad. Si tenés varias cosas pendientes, empezar por una actividad breve puede generar sensación de avance y reducir la percepción de bloqueo.
Los especialistas también recomiendan trabajar sobre el entorno. Si el celular es una fuente constante de distracción, podés dejarlo en otra habitación durante un período corto. Si necesitás concentrarte, reducir las notificaciones puede ayudar a evitar interrupciones.
Otra estrategia es utilizar períodos de trabajo breves y descansos programados. No se trata de obligarse a trabajar durante horas, sino de establecer un tiempo concreto y limitado. Por ejemplo: "Durante los próximos 20 minutos voy a ocuparme solamente de esto". Una vez finalizado ese período, podés decidir si continuar o hacer una pausa.
Es importante, además, no esperar a tener ganas para empezar. La motivación muchas veces aparece después de comenzar y no antes. Si esperamos sentirnos completamente preparados, tranquilos y motivados, podemos terminar esperando indefinidamente.
En ese sentido, una meta más realista es aprender a actuar incluso cuando existe cierta incomodidad. La evidencia disponible también sugiere que mejorar las habilidades para regular las emociones puede contribuir a reducir la procrastinación.
En un ensayo con estudiantes universitarios, un programa de entrenamiento en regulación emocional se asoció con una reducción posterior de las conductas de procrastinación.
La próxima vez que descubras que estás postergando algo, probá este ejercicio:
1. Poné nombre a la tarea.
¿Qué es exactamente lo que estás evitando?
2. Identificá la emoción.
¿Te genera miedo, aburrimiento, ansiedad, vergüenza, cansancio o confusión?
3. Dividila.
¿Cuál es el primer paso concreto que podés hacer?
4. Poné un límite corto.
Trabajá durante 10 o 15 minutos, sin exigirte terminar.
5. Observá qué pasó.
¿La tarea era realmente tan difícil como imaginabas? ¿O lo más difícil era empezar?
Este pequeño registro puede ayudarte a descubrir si tu problema principal está en la organización, en la dificultad para concentrarte o en una emoción que aparece antes de comenzar.
Postergar una tarea de vez en cuando forma parte de la vida. No es necesario convertir cada demora en un problema psicológico.
Sin embargo, conviene prestar atención cuando la procrastinación se vuelve constante, afecta varias áreas de la vida y genera consecuencias importantes. Por ejemplo, si perdés oportunidades laborales, no cumplís compromisos, abandonás proyectos que son importantes para vos o evitás sistemáticamente actividades necesarias para cuidar tu salud.
También es recomendable pedir ayuda si la postergación aparece acompañada de ansiedad intensa, tristeza persistente, pérdida de interés, aislamiento, dificultades importantes para concentrarte o una sensación permanente de incapacidad para manejar las responsabilidades cotidianas.
Los cambios que generan malestar o interfieren con las actividades diarias son motivos válidos para buscar orientación profesional.
En esos casos, una consulta con un profesional de la salud mental puede ayudar a comprender qué está ocurriendo. El objetivo no debería ser simplemente "dejar de procrastinar", sino identificar qué hay detrás de esa conducta y trabajar sobre la causa.
Si las dificultades para organizarse, concentrarse o terminar tareas están presentes desde la infancia y afectan de manera persistente diferentes ámbitos, también puede ser conveniente consultar para evaluar si existe TDAH u otra condición. Es importante no autodiagnosticarse a partir de videos de redes sociales o listas de síntomas.
La procrastinación, en definitiva, no siempre dice "no quiero hacerlo". Muchas veces puede estar diciendo algo diferente: "esto me genera una emoción que no sé cómo manejar".
Comprender esa diferencia cambia la forma de enfrentar el problema. En lugar de castigarte por haber postergado otra vez, podés intentar descubrir qué sentís, dividir la tarea y empezar por algo pequeño. Quizás no necesites esperar a sentirte completamente preparado. Tal vez solo necesites dar el primer paso.
Y si ese patrón se repite una y otra vez, afecta tu vida y te hace sufrir, pedir ayuda profesional también es una forma de avanzar. Porque dejar de postergar no siempre significa aprender a hacer más cosas: a veces significa aprender a entender qué nos está frenando.





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