Es de noche, estás acostado y de repente empezás a rascarte. Primero un brazo. Después la espalda. Más tarde las piernas. Vas al espejo, revisás la piel y no encontrás nada extraño. No hay manchas, granitos ni picaduras evidentes. Sin embargo, la sensación persiste. A veces dura unos minutos. Otras veces se repite durante días o semanas.



































